domingo, 3 de enero de 2016

Recorriendo el panteón El Carmen de Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

Quienes fundaron la ciudad de Monterrey en 1596, debieron buscar un terreno para enterrar a sus difuntos. Al ocurrir la inundación de 1611 cambiaron la traza urbana de la naciente población y exhumaron los restos de Diego de Montemayor fallecido en 1610 y de su hijo ocurrido apenas un año después, para sepultarlos en el templo franciscano de San Andrés. Durante el virreinato hubo al parecer unos tres camposantos: el del templo parroquial convertido en la catedral a principios del siglo XIX, el del templo franciscano de San Andrés y otro anexo al templo de San Francisco Javier atendido por los jesuitas durante el primer tercio de siglo XVIII, situado entre las actuales calles de Morelos, Escobedo, Padre Mier y Emilio Carranza. También el templo del Roble llegó a tener su cementerio en donde ahora está la placita.

En 1819 el rey de España ordenó a las autoridades eclesiásticas el arreglo de los cementerios que estaban bajo su resguardo. Fue cuando el señor obispo Ignacio de Arancibia dispuso la construcción de un cementerio en el atrio del templo de la Purísima, el cual funcionó hasta mediados del siglo XIX. Los difuntos que dejó la epidemia del cólera en 1833, fueron enterrados en las ruinas del convento de las capuchinas que nunca se concluyó, situado en la manzana de Ruperto Martínez, Aramberri, Colegio Civil y Juárez. En 1849 hubo otra epidemia de cólera, por lo que se prohibió la inhumación de los difuntos en los panteones existentes.

Entonces se dispuso la construcción de un nuevo cementerio situado al poniente, en donde actualmente confluyen las calles de Aramberri y Venustiano Carranza, el cual fue inaugurado en 1849. Para 1880 se hizo un segundo panteón; propiamente todo el conjunto comprendía unas ocho manzanas. Con el correr del tiempo, por estar saturados y por la cercanía de las casas, estos  panteones dejaron de funcionar como tal en 1954. Según don Pepe Saldaña todo el sector estaba repleto de nogales y aguacatales a tal grado de que un vecino de nombre José Luna construyó una casa a cinco metros de altura sobre un enorme nogal a fines del siglo XIX.

En 1899 se formó la compañía del Panteón de El Carmen, quienes solicitaron el respectivo permiso al entonces gobernador Bernardo Reyes. Adquirieron un solar cercano a los panteones municipales con 24 manzanas aproximadamente y una acequia con sus respectivos dos días de agua. En el proyecto participaron un grupo de empresarios entre los que destacan Amado Fernández Muguerza (1857-1940), Viviano Villarreal, José Antonio Muguerza, Francisco Belden, Adolfo Larralde y Valentín Rivero.  Pidieron al arquitecto Alfredo Giles (1853-1920) que les hiciera el proyecto. Este tenía sus oficinas en San Antonio, Texas. El panteón abrió sus puertas en abril de 1901.

Ya en Monterrey preparó el pórtico y la capilla del panteón de El Carmen, además de los mausoleos de las familias Armendaiz y Rivero. A Giles le debemos la casa del ex gobernador Jerónimo Treviño (1890), los bancos de Nuevo León y Mercantil de Monterrey, la Reinera, la torre del templo del Roble (colapsada en 1905), las casas de Isaac Garza y Valentín Rivero, la tienda Sorpresa y Primavera, el Arco de la Independencia, el edificio Sanford, la Botica del León, el puente de San Luisito (destruido en 1909) y las calzadas Unión y Progreso (Madero y Pino Suárez) hasta su última obra la fachada del Casino Monterrey (1921), hecha un año después de su muerte en 1920. La obra de Alfred Giles ha ido desapareciendo paulatinamente de nuestra ciudad. Salvo por unos edificios con reconocido valor artístico e histórico como el Banco Regional del Norte o el Arco de la Independencia, y aquéllos que siguen en uso, como el Panteón del Carmen. El resto de sus edificaciones han sido remodeladas hasta hacerlas irreconocibles o las destruyeron.


El portal de acceso del panteón corresponde al estilo neogótico, usado entre el siglo XII y el XV. Tiene la fecha de 1901 y la firma de Alfredo Giles. Está hecho de cantera potosina, con cuatro basamentos en donde converge todo el peso de los bloques, con tres remates triangulares (arcos ojivales), formados por dovelas, con capiteles en forma de flor de acanto. El arte gótico tiene su origen en las regiones de influencia de los pueblos de origen godo (norte de Francia). Sobresale por lo estilizado de sus formas, los pináculos, los rosetones, con formas afiladas apuntando al cielo. En su arquitectura sintetiza y somete a la pintura como la escultura. En todo el conjunto la luz se presenta como sublimación de la divinidad, por eso juega con las luces a través de vitrales y ventanas con la intención de provocar sentimientos y emociones a la espiritualidad. Un lugar así se identifica como sagrado, de recogimiento, silencio y expectativa a lo interior.  

Traspasando el umbral al cementerio se puede apreciar un  sitio que invita al recogimiento y a la meditación, dedicada a la virgen de El Carmen. La fachada está compuesta por tres cuerpos o secciones. Como acceso un arco apuntado y unas pequeñas ventanillas a los lados; en los extremos unos contrafuertes. En el segundo cuerpo están tres pequeños arcos que representan a la Trinidad, con tres incisiones verticales. Remata el conjunto una espadaña con su campana. Tiene un ábside con su óculo atrás del altar. 

El mausoleo de la familia Armendaiz es todo un monumento y espacio funerario que resalta a la vista. Ahí descansan los restos de Francisco Armendaiz (1858),  un empresario de origen español que llegó a Monterrey en 1870. Es una capilla gótica en donde resalta el acceso con sus columnas, un arco apuntado, la arquivolta y el tímpano donde resalta un vitral. En cada esquina sus columnas de orden corinto. Mientras que el mausoleo de Valentín Rivero mantiene en su fachada elementos y rasgos con influencia oriental, clásica y mudéjar. Es un templo con forma de cruz griega. En el acceso se notan unas columnas pareadas, la arquivolta y en vitral en medio, con tres rosetones, uno en cada lado.

Hay muchas esculturas de gran valor realizadas con material como mármol. Al principio trajeron de Carrara (más del 90 por ciento), con mármol blanco traído desde San Luis Potosí y Durango. También usaron el mármol negro del Topo Chico. En el periodo de transición usaron otros materiales como el concreto y granito. En el posrevolucionario ya usaron granito artificial y otros materiales más generalizados y fáciles de darle forma.

Sin duda, tanto las tumbas como mausoleos se nos presentan como un arte frío y rígido con la intención de hacer presente al ausente. Con facciones y gestos capaces de aludir a la resignación y al sosiego en momentos difíciles. Hay muchas esculturas que hizo Miguel Giacomino (1862-1938). Por ejemplo el busto desparecido y el mausoleo del general Jerónimo Treviño que nos recuerda a una cripta romana hecho para honrar a las glorias militares. Con tres cuerpos: un friso en donde está el busto y el frontón rematado en una cruz. El monumento de la familia Zambrano (Francisco y Octaviano) cuenta con elementos admirables. El acceso franqueado por columnas jónicas. Una escultura de dos jóvenes con un ángel. Tiene una estructura que no solo es una capilla sino un monumento. La tumba de Felipe Canales, un ángel en actitud abatida, con las alas plegadas, cabeza agachada. Con los brazos ocultos. Con rosas y crisantemos que caen. El conjunto rematado por cadenas. El sepulcro de Samuel Cantú, con una doliente, con la intención de asegurar una presencia representativa del deudo frente a la tumba. La capilla funeraria de los Cantú Treviño, con sus pináculos tallados en cantera potosina y los ángeles custodiando cada esquina. La capilla de la familia Villarreal asemeja un templo griego perfectamente con una estructura armónica, con capiteles jónicos.   Hay una escultura realizada por Octavio Ponzanelli, a un lado del sitio donde está una señora sentada con su nieta.

Otra es la del "El niño del violín", un sepulcro donde podemos apreciar un sepulcro sobre el cual se erige una escultura de mármol blanco con figura de un adolecente, sosteniendo este instrumento musical bajo su brazo izquierdo. Se dice que el espíritu del niño ronda todas las noches por los pasillos del panteón o desde su mausoleo tocando su violín entre la 1 y 3 de mañana, para  deleite de las otras ánimas que habitan en este cementerio. La blanca lápida ya no deja leer el epitafio, pero gracias a la historia sabemos que se trata de Gregorio Alanís González, nacido en El Cercado el 17 de noviembre de 1895, hijo de Ramón Alanís Tamez y de Manuelita González, vecinos prósperos del lugar quienes supieron aquilatar la vocación musical del niño. Tocaba con maestría bellísimas piezas clásicas y decidieron comprarle un costoso violín “Stradivarius”. Todos lo conocían como el “Niño Virtuoso del Violín”. Lamentablemente el niño falleció en Monterrey con tan solo 13 años el 3 de agosto de 1908. No se saben las causas del deceso, solo el cariño inmensurable de sus padres que para mantener vivo su recuerdo, levantaron ésta tumba y tienen su última morada al lado de donde está el Niño del Violín.

En 1920 don Adolfo Villarreal estableció el cuarto panteón en la zona: el de Dolores. En 1930 la compañía que controlaba el panteón de El Carmen, vendió a la compañía Funerales Dolores, S.A. Cuentan que decidió la construcción de un cementerio para evitar que la ampliación de la calle Edison afectara a sus propiedades. Esta compañía encargó al maestro constructor Anastacio Puga el diseño de la portada de acceso y de la capilla ardiente.

El valor arquitectónico del panteón de El Carmen es muy interesante. Sintetiza la historia del arte a través de la arquitectura, escultura y diseño a través de cuatro momentos: un periodo academicista llamado así por la formación de quienes intervinieron en la elaboración, diseño y hechura de sus monumentos funerarios, uno considerado de transición que va de 1910 a 1920 más o menos, que producen obras similares a las que se hicieron entre 1901 y 1910, otro considerado posrevolucionario que va de 1920 a 1950 más o menos y de ahí en adelante un cuatro periodo de arte moderno y/o contemporáneo.


“Apuntes basados en el libro Panteones El Carmen y Dolores, Patrimonio Cultural de Nuevo León, de Víctor Cavazos y Juan Casas, Monterrey, 2009”.

1 comentario:

  1. Excelente reseña maestro Antonio, felicidades y de nuevo gracias por su disponibilidad para compartir sus concoimientos y experiencias,

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.