domingo, 17 de julio de 2016

La vida azarosa de Agapito Treviño

Antonio Guerrero Aguilar/ Cronista de Santa Catarina

En la mitología regional sobresale la figura de un bandido o bandolero cuya vida gira en torno a tres ejes: una biografía, una leyenda y un personaje de radionovela que se convirtió en un film protagonizado ni más menos que por Pedro Infante. Respecto a su biografía, los orígenes de Agapito Treviño González son confusos. Santiago Roel lo hace originario de la hacienda de Mederos. La tradición popular dice que de Los Remates, precisamente en el lugar en donde está ahora confluyen las avenidas Revolución y Garza Sada en Monterrey. Israel Cavazos señala que nació en Guadalupe en 1828. No se tienen referencias sobre el día y el mes. Posiblemente esa región perteneció a Guadalupe y actualmente corresponden a la jurisdicción territorial de Monterrey. Para su principal biógrafo el maestro Fernando Garza Quirós, Agapito nació de una relación amorosa no bendecida por la iglesia. Su padre se llamaba Ubaldo Treviño, un comerciante establecido y reconocido de Guadalupe y de Josefa González. Al parecer, su infancia y adolescencia la pasó con su madre abandonada dedicándose al pastoreo, a la arriería y a las labores del campo.

Agapito contaba con 20 años cuando comenzó sus correrías en contra del orden establecido. La leyenda se impone sobre la historia al no contar con suficiente información documental. Para algunos la existencia de Agapito es un mito, para otros una leyenda. Si Agapito es un mito, entonces su vida pertenece a un personaje obscuro que la tradición popular magnificó, necesitada por referencias de identidad relacionadas con un bandolero de corte social; que se levantó en contra de la injusticia y de la pobreza provocada por quienes ostentaban el control político nacional. Si Agapito es un personaje de leyenda, seguramente la más famosa de todas, tiene que ver con un tesoro oculto en alguna cueva del cerro de la Silla; como fruto de sus robos y asaltos. Entonces Agapito fue un bandido que ligó a su vida y leyenda el majestuoso cerro de la Silla. Un ladrón bueno que robaba a los ricos para repartir el botín entre los más pobres y necesitados. Uno de sus biógrafos nos cuenta que solo una vez le hizo al “Robín Hood”, cuando robó un marrano y lo repartió entre los menesterosos del lugar. Al que también apodaban Caballo Blanco porque tenía un caballo de tal color, aunque no existe la certeza de que montara un equino albo.

Cuentan que unas viejitas de alcurnia del rancho del Reparo, (actual Allende, Nuevo León) contrataban a Caballo Blanco para asaltar a los comerciantes que regresaban del cañón de Huajuco. Con ello aseguraban su retorno para adquirir de nueva cuenta lo robado. Israel Cavazos lo hace familiar suyo y hasta muestra un pocillo y unos utensilios de cocina que presumen pertenecieron al Caballo Blanco. Y algunos vecinos de Agua Fría en Apodaca, con orgullo señalan su apellido Treviño como una continuación genealógica derivada del héroe que tenía a su novia o amante en ese lugar.  


Por trasgredir la ley y el orden la justicia lo persiguió. Gustaba de caer sobre los viajeros que iban con rumbo a Parras, Saltillo, Monclova y el sur de Texas. Conocía perfectamente las montañas de la Sierra Madre y cabalgaba ocultándose por entre los cañones del Huajuco, Santa Catarina y Rinconada. A quienes asaltaba, los bajaba de la diligencia o del caballo y los ponía a bailar al son de la música salida de una armónica tocada por alguno de sus compañeros, quienes se divertían a costa de la humillación de sus víctimas. Agapito se jactó de cantar una tonadita en la se decía: “Yo soy el ingrato hermanos, que a débiles y forzudos los hice bailar desnudos, la polca, chotis y enanos”.

En 1851 capturaron a Caballo Blanco, obligándolo a trabajos forzados en el río Santa Catarina. Al poco tiempo escapó con rumbo a Roma, Texas. El retrato hablado de éste folklórico personaje lo hace alto, delgado, moreno, barbilampiño y de ojos obscuros. Dos años después lo apresaron y fue sentenciado a trabajos en la construcción del antiguo palacio municipal de Monterrey, cortando bloques de sillar de un yacimiento situado en la Boquilla de la Loma Larga, propiedad de un norteamericano llamado Jorge Washington y de quien se cree, la calle regiomontana debe su nombre en su honor.


A principios de mayo de 1854 el doctor Gonzalitos atendió un herido llamado Juan José García, originario de la Pesquería Grande, hijo de don Telésforo García, quien fue asaltado por Caballo Blanco en el camino hacia Monterrey. Fue cuando hizo un dictamen ordenado por el fiscal Felipe N. Alcalde, para iniciar el juicio en contra de Agapito quien se había escapado de la cárcel municipal. Juan José sufrió una herida de bala y la fractura del antebrazo derecho, con rotura de ambos huesos. Otra vez atraparon a Agapito; ya en el juicio alegó que lo "hizo sólo impelido por la imperiosa necesidad".


Para concluir con su conducta delictiva, fue fusilado el 24 de julio de 1854 en la antigua Plaza del Mercado, hoy Hidalgo. Fue sepultado en el campo santo anexo a la catedral de Monterrey. El padre José María Nuín le dio sepultura “con entierro y fábrica de limosna á Agapito Treviño,  soltero, quien murió ajusticiado, a los 26 años de edad”. Antes de morir recibió los santos sacramentos. Así terminó la vida de tan novelesco personaje, tan afamado y conocido por los regiomontanos gracias a una leyenda trasmitida de generación en generación. Durante su ejecución circularon una décimas que decían: “Adiós amigos amados; adiós patria, adiós parientes; adiós señores presentes, adiós vecinos honrados, adiós montes retirados, donde era mi habitación, ya salí de la prisión y también de la capilla, adiós Cerro de la Silla, adiós, adiós Nuevo León”.

1 comentario:

  1. Gracias Antonio por tus importantes contribuciones a la hitoria de neustra región... de nuevo nos sorprendes con tu información.. felicidades..

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.