jueves, 18 de agosto de 2016

¿Y cómo curaba el “Niño” Fidencio? (Segunda parte)

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y Narrador

Según los testimonios de quienes acudían a para atenderse con el “Niño” Fidencio, este  realizaba jornadas de consulta que duraban hasta 48 horas. Para sus seguidores murió de cansancio. En realidad por cirrosis hepática. Solo probaba un ponche con vino oporto con huevos crudos.  Generalmente daba a beber una infusión con la hierba gobernadora. Tocaba a los pacientes graves y rezaba junto a ellos. Operaba tumores y toda clase de anomalías físicas, con tan solo un trozo de vidrio de botella rota. Nunca usó bisturí, a pesar de haber recibido algunos como regalo. Hacía cirugías sin usar anestesia, y los pacientes no sentían ningún dolor.

Fidencio no lucraba con sus curaciones, ni aceptaba ningún pago por ellas. Decía que no curaba, sino que solo era el intermediario de los poderes divinos para aliviar las penas.  Le gustaba atender parturientas, pero lo más pintoresco era la forma de curar a los que padecían enfermedades nerviosas. Los sentaba en un columpio y cuando estaban descuidados les tiraba una naranja en la espalda. Los encerraba en una jaula con una pantera sin colmillos y garras. Aparentemente algunos quedaron curados, quiero suponer que por el susto que les provocaba. Curaba a todos y cuando no podía, hacía curaciones masivas. Se subía a la azotea de su casa y desde ahí lanzaba naranjas a la multitud. Aquel que era golpeado por alguna, quedaba sanado.  A veces les echaba agua mezclada con algunas substancias. El proceso de curación obligaba a visitar el pirul, además del tanque para sumergirse y embarrarse de los lodos medicinales. Como una terapia alterna, hacían obras de teatro en las que a veces participaba Fidencio, hacían funciones de cine y se ponían a cantar. Hay dos canciones que propiamente “enternecían” a Fidencio: La hija de penal y Cuatro milpas.

Fue tanta la fama alcanzada por Fidencio, que el 8 de febrero de 1928 fue visitado por el entonces presidente de la República, el general Plutarco Elías Calles, acompañado por el gobernador de Nuevo León el general Aarón Sáenz y por el general Juan Andrew Almazán. Calles estuvo en la "Clínica" por más de seis horas. El presidente asistió en contra de la opinión de los médicos de la oficina de salud de Monterrey, quienes le advirtieron de los graves riesgos de contagio que había en esa estación. La comunidad médica regiomontana no daba crédito que un presidente fuera tan supersticioso como para curarse con un simple “charlatán” y hechicero.  Hasta Almazán sugirió que Fidencio fuera al carro pullman para atender al presidente. A decir verdad, Calles viajó para ser curado de la lepra y fue atendido por Fidencio, junto a los demás peregrinos que lo visitaron ese día. Pero a Calles le dedicó una especial atención. Lo vistió con la manta del taumaturgo. También le preparó una pomada con rosas y otras cosas y le dio a beber algún té supuestamente medicinal.  Mientras vivió, Calles mandaba a un empleado para proveerse de medicinas.  Otros resaltan la sinceridad del “Niño” Fidencio, quien fue el único que le dijo cuál era su problema.

Poco antes de morir, una seguidora de Montemorelos hizo que el padre Joaquín Tapia acudiera hasta El Espinazo para darle la extremaunción. El 19 de octubre de 1938 falleció el “Niño”. La feligresía esperaba que la santidad se reflejara en la resurrección al tercer día. El cuerpo estaba ya en mal estado, cuando el médico Francisco Vela González pudo entrar hasta una habitación en donde tenían velando al cuerpo. Al abrir el cadáver salió sangre sin el color rojo que la caracteriza. Una persona estaba vigilando para que no le hicieran la autopsia, inmediatamente dio aviso al resto que llegaron para rescatar el cuerpo. Decían que lo habían matado y el Dr. Vela salió despavorido para que no le hicieran daño.

Es interesante leer el reporte que hizo el Dr. Francisco Vela González, vicepresidente del consejo de salubridad de Nuevo León y publicado en el El Porvenir en 1930.  El Dr. Vela viajó de incógnito a Espinazo, con el propósito de cerciorarse de lo ocurrido en ese  "campo del dolor". Armado con una pistola en la cintura y una cámara fotográfica, se presentó en los dominios de Fidencio. En su visita pudo observar que se atendían aproximadamente 1,500 enfermos de males contagiosos e incurables.  Se dirigió al pequeño teatro de la comunidad en donde estaba Fidencio, rodeado de varias mujeres guapas y vestidas de blanco. A una de ellas le pidió que lo presentara con el “Niño”. Así lo hizo y Fidencio inmediatamente le tendió la mano para saludarlo. El Dr. Vela pidió permiso para conocer su trabajo. Aceptó y permitió que le mostraran todo el campamento.

Después pasaron al "Círculo ", especie de palapa donde Fidencio hacía curaciones generales. Por ahí estaba el columpio donde curaba a los dementes, los mudos y los sordos. Al lado poniente estaba la sala de las parturientas, donde encontró seis mujeres que habían dado a luz el día anterior. Continúa la descripción: “En un rincón está una pileta con algo que parecía agua con cal. Esta poción la recetaba Fidencio para casi todas las enfermedades. Después pasaron al corral, donde dormían unos veinticinco dementes, durante el proceso del tratamiento por el niño. Habló con ellos y le aseguraron que estaban muy aliviados”. Después lo llevaron a la “Colonia de la Dicha”, un conjunto de unas 15 casitas a unos 200 metros del lugar, habitadas por 20 leprosos “ahí Fidencio se sienta junto a un baño lleno de té de gobernadora y lo reparte a los enfermos, quienes cantan himnos de alabanza al niño”. En la mañana siguiente fue el Dr. Vela a inspeccionar el panteón del lugar, dándose cuenta que existían más de 2 mil sepulcros recientes. Después regresó a Monterrey.

En 1936 el señor obispo de Monterrey don José Guadalupe Ortiz, gestionó un convenio con el niño Fidencio para que este no siguiera administrando los sacramentos de la iglesia católica. Para tales efectos fue comisionado el presbítero Joaquín Tapia Sánchez quien lo visitó. Fidencio aceptó los términos impuestos por la jerarquía católica. Sin embargo parece que le dio muy poca importancia al hecho, pues siguió impartiendo los sacramentos.


Para muchos Fidencio era un aniñado y para quienes lo trataron padecía algo de retraso mental que incluso sufría alucinaciones; tenía un gran carisma entre sus seguidores que  llegaron a considerarlo como una reencarnación de Jesucristo. A Fidencio no le desagradaba la comparación y empezó a andar descalzo y vestirse como el Nazareno. Es cuando promueven su imagen como el “Niño” guadalupano, muy parecido al Sagrado Corazón.

Poco a poco se fue creando alrededor de Fidencio, un halo de misterio y una estructura administrativa. Unos que lo apoyaban, otros que se beneficiaron de su fama. También parecieron sus ayudantes en las curaciones a los que llamaron "cajitas " (pues tienen el espíritu de Fidencio para curar) y las esclavas de Fidencio, unas enfermeras y afanadoras que asistían en las labores cotidianas. Los descendientes del señor López de la Fuente formaron una Iglesia Fidencista, la cual quedó registrada ante la Secretaría de Gobernación como una asociación religiosa. Luego hubo una ruptura, por eso surgió hace unos 15 años una “cajita” llamada Adriana que curaba desde Paredón. Como era niña se hacía llamar “Cajita Feliz”.

Hoy en día, El Espinazo prevalece en medio del desierto de Nuevo León y Coahuila, como un lugar místico en donde el legado de Fidencio cura a los necesitados que procuran un alivio y una esperanza en sus enfermedades.



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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.