sábado, 3 de septiembre de 2016

El Tecnológico de Monterrey: una historia de grandeza

Antonio Guerrero Aguilar/ Conductor en Frecuencia Tec 94.9 FM

En el siglo XVIII surgieron institutos tecnológicos en Gran Bretaña y Alemania, ante la necesidad de satisfacer las necesidades económicas, la competencia técnica en la industria y el comercio de las naciones. En 1862, el gobierno y el congreso de los Estados Unidos promovieron la fundación de colegios o universidades amparados en la “ley Morill” que buscaba establecer los “Land Grant Colleges”, unas escuelas con estudios profesionales o técnicos que se mantenían gracias a la concesión de tierras de parte del gobierno norteamericano, para que los estados promovieran la apertura de centros de enseñanza con estudios prácticos, dedicados a la agricultura y a la industria.


Entre la primera y segunda guerra mundial (1915-1945), pasamos de una sociedad industrial a una tendiente a satisfacer necesidades y servicios de bienestar, que originó centros de estudios en los cuales se preparaba a los recursos humanos en diferentes campos de la técnica y de la producción. Necesitaban de una educación basada en la estrategia de una triple alianza entre el mundo del trabajo, el Estado y el sector servicios. ¿Y cómo lo lograron? Fomentando los principios intelectuales, científicos y tecnológicos en lugar de impartir conocimientos especializados y limitados. Se propuso impartir una educación basada en las competencias requeridas en la industria como en el comercio, así como la función de analizar e identificar un problema, solucionarlo, precisar los valores en juego,  apoyados en la información numérica, propiciar el trabajar en equipo y de manera constructiva con los demás y tener la capacidad de comunicarlo efectivamente ya sea en forma oral como escrita. El sector económico procuraba de un sistema educativo capaz de formar profesionales, aptos para hacer funcionar la administración y los diversos sectores de la producción. Es cuando la práctica desplazó a la teoría.

Con el auge industrial iniciado en 1854 y consolidado en 1890, Monterrey necesitaba de programas orientados a una adquisición de conocimientos y de métodos para ponerlos en práctica en forma integral. Quien mejor entendió este reto fue don Eugenio Garza Sada, quién a su regreso a Monterrey en 1917 después de graduarse como ingeniero en el MIT, pensaba con insistencia en dónde lo iban a poner a trabajar. Pero además quería apoyar a las empresas de su familia en otro sentido más social y responsable. Seguramente se apoyó en un concepto de universidad similar a la que propuso el cardenal Newman en 1852, en la cual abogaba por un centro de estudios en donde el conocimiento fuese un conocimiento en sí mismo y saliera a enfrentar los retos del mundo moderno. Una escuela en donde los alumnos además de conocer las verdades absolutas de Aristóteles, Santo Tomás o Platón, debían adquirir la capacidad de servir y crecer en una oficina, comercio o industria. Un centro de estudios apoyado en la investigación y enlazada a la enseñanza vigente como el que tenía el sistema educativo alemán.

Pero también una escuela similar al modelo británico en donde predominan las relaciones estrechas entre maestros y alumnos, que promueve un entorno pedagógico repleto de clases “ex-cátedra” y seminarios. Una escuela en donde teoría y práctica están perfectamente coordinadas. Si la teoría trata de comprender al mundo empírico, solamente observándolo pero sin llegar a su transformación, entonces no tiene razón de ser en el nuevo esquema de la sociedad basada en la industria y en el sector servicios. La  práctica trata de intervenir en un mundo con el objetivo de cambiarlo para bien y obviamente generar bienes y brindar servicios para satisfacer las necesidades de los actores sociales y económicos.

Los hermanos Francisco y Luis G. Sada, apoyados por el presidente del consejo administrativo de la cervecería Cuauhtémoc, fundaron en 1906 una escuela politécnica a la que llamaron Cuauhtémoc; con la intención de formar y apoyar la educación de sus colaboradores, al igual que de sus familias y de la comunidad en general. Por la mañana acudían los hijos de los obreros y en la noche los trabajadores. Ahí enseñaban carpintería, hojalatería, tejidos, cartonería, cestería, alfarería, yesería, modelado, plástica, juguetería, artes y oficios en general. Luego introdujeron cursos de comercio, agricultura, electricidad, refrigeración y técnicas de fermentación, así como clases de física y de química. Las instalaciones estuvieron hasta 1927 en la cervecería, pero luego ocuparon unas instalaciones situadas en la calzada Bernardo Reyes. Los resultados se hicieron evidentes; lograron erradicar el analfabetismo en la empresa. Con el trascurso del tiempo los empresarios abrieron colegios para los hijos de sus empleados y obreros y continuamente estaban inmersos en procesos de capacitación y mejora continua.


El modelo educativo ya estaba vigente al interior de las empresas del otrora llamado grupo Monterrey. Pero debían llevarlo a la sociedad en general. Por eso don Eugenio Garza Sada, como capitán de empresa y profesionista, con la entrega al trabajo y la devoción por la educación, entendiendo a la empresa socialmente responsable; logró reunir a un grupo de empresarios y profesionistas destacados de Monterrey para formar una asociación civil que dirigiera el nacimiento del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey.

Como primer paso se creó una asociación civil registrada como Enseñanza e Investigación Superior, con la cual se pudo conjuntar esfuerzos y la participación de banqueros, profesionistas y empresarios de la localidad. Mediante una escritura protocolizada el 14 de julio de 1943, un grupo de prohombres como Bernardo Elosúa, Rómulo Garza, Eugenio y Roberto Garza Sada, Alejandro Guajardo, Jesús Llaguno, Joel Rocha, Andrés G. Sada, Hernán Sada Gómez, Roberto G. Sada, Ignacio Santos, Diego Sada, Jorge Rivero, los banqueros Rodolfo Barragán, Juan S. Farías, Antonio L. Rodríguez, el arquitecto Agustín Basave, los abogados José Benítez, Virgilio Garza y Roberto Guajardo Suárez, los comerciantes Andrés Chapa y Ricardo Quiroz y los médicos José G. Martínez y Miguel Vera, decidieron apostar por un proyecto educativo concreto y activo. Y para ello cada uno de ellos aportó 5 mil pesos para crear una escuela similar al Instituto Tecnológico de Massachusetts. Una escuela de alta calidad académica de cuyas aulas egresaran ingenieros y técnicos competentes, así como auténticos científicos, como de personas capaces de aportar y adaptar las nuevas tecnologías existentes.

Las clases comenzaron el 7 de septiembre de 1943 en una casona situada en la calle de Abasolo 858. En 1945 adoptaron como mascota al borrego y abrieron las carreras de ingeniería civil y agronomía. Para 1951 se afiliaron a la SACS; en 1954 contrataron a Jorge González Camarena para realizar el bajorrelieve de la rectoría. El primer director del ITESM fue el ingeniero León Ávalos Vez, seguido en 1945 por el licenciado Roberto Guajardo Suárez, luego el ingeniero Víctor Bravo Ahuja (1951-1958), el ingeniero Fernando García Roel (1960-1985) y Rafael Rangel de 1985 a 2011.


Ávalos Vez era un ingeniero mecánico formado en el MIT en los Estados Unidos. Llegó al Instituto Politécnico Nacional en donde se distinguió por el trabajo eficiente, la honradez y el compromiso con los ideales son los primeros valores que se manifiestan en esta nueva Institución educativa.  Los miembros de la EISAC se apoyaron en la entonces mejor escuela de ingeniería en el país,  la Escuela Superior de Ingeniería Mecánica del Instituto Politécnico Nacional. Por eso el Ing. León Avalos Vez, contrató y constituyó la planta magisterial, promovió el ITESM y dio los primeros pasos firmes y edificó los cimientos. Después pasó a la Coparmex y fundó el Instituto de Administración Científica de las Empresas.

Pronto la institución creció en alumnado, lo cual hizo la creación de un nuevo recinto. En marzo de 1945 el consejo de EISAC anunció el proyecto de lo que hoy es el campus Monterrey. El segundo director fue el Lic. Roberto Guajardo Suárez quien con un entusiasmo y una camaradería con el estudiantado, hizo crecer a la Institución y buscó estudiantes en todo el territorio nacional. La idea de don Eugenio Garza Sada como presidente del EISAC, era constituir a Monterrey en un centro de capacitación para técnicos, profesionistas e ingenieros de excelencia en el país y en consecuencia buscó ayuda para crear un sistema de becas para atraer a lo mejor del estudiantado de todos los estados del país.

Otro profesor del Politécnico, el Ing. Víctor Bravo Ahuja, llegó al Tec para dedicarse a la docencia y al trabajo administrativo, buscando que el profesorado tuviese grados de maestrías y doctorados. Luego el Lic. Adolfo López Mateos pidió al ingeniero Bravo Ahuja que ocupara la subsecretaria de educación técnica en su gobierno. Para suceder al Ing. Bravo Ahuja, los candidatos a ocupar la rectoría eran el Ing. Fernando García Roel, director escolar y el Lic. Emilio Guzmán Lozano, director de la escuela de contabilidad, economía y administración. Pero la muerte del Lic. Emilio Guzmán Lozano con tan solo 41 años de edad, abrió el camino para que el consejo nombrara a Fernando García Roel como rector del ITESM. Bajo la guía del Lic. García Roel, promovieron la educación en todo los órdenes y la apertura de los campus en las principales ciudades del país, con apoyo de los hombres de negocios de esas localidades. En 1973 con la muerte del Ing. Eugenio Garza Sada, tomó la presidencia del Consejo de EISAC don Eugenio Garza Lagüera, quien fue el respaldo, impulso y líder de la expansión otros campus para crear el sistema Tecnológico.


Fernando García Roel dejó la rectoría a Rafael Rangel Sostman, quien buscó la internacionalización del instituto y le dio un repunte quizá no previsto por sus fundadores. Los siguientes rectores crearon un sistema global con asociaciones, con las principales universidades del mundo y llevaron al Tecnológico de Monterrey, hasta consolidarlo como la institución de educación profesional privada más importante en México.

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.