martes, 20 de septiembre de 2016

Monterrey, Monterrey de mis amores 1596-2016

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural

El municipio de Monterrey, llamado originalmente Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, está en la región centro occidental del estado de Nuevo León. Limita al norte con General Escobedo, García y San Nicolás de los Garza; al oriente con Guadalupe y Juárez, al sur con Santiago y Santa Catarina y al poniente con San Pedro Garza García y Santa Catarina. De aquellas 25 leguas que tenía a la redonda, es decir, 60 kilómetros que llegaban al sur hasta el río Ramos en Allende, al norte hasta la cuesta de Mamulique en Salinas Victoria, hasta la estación San Juan en Cadereyta Jiménez al este y al oeste hasta la cuesta de los Muertos en García; ahora tiene una extensión territorial de 320 kilómetros cuadrados y la cabecera municipal está a 538 metros sobre el nivel del mar.


Regularmente se refieren a Monterrey como la ciudad de las montañas, porque está situada en un valle delimitado por cordilleras y montañas pertenecientes a la Sierra Madre. Por ejemplo al norte está el cerro del Topo, al poniente  la sierra de las Mitras y el cerro del Obispado, al oriente el Cerro de la Silla y al sur la Sierra Madre Oriental. De poniente a oriente se levanta la Loma Larga y por supuesto en el paisaje sobresale la figura aunque imperfecta de una silla de montar, el cerro de la Silla, que no es un cerro y solo una porción corresponde a la jurisdicción territorial de Monterrey.

El fundador de la ciudad es don Diego de Montemayor, probablemente originario de Málaga, España, nacido alrededor de 1530. Hijo de Juan Montemayor y de Mayor Hernández. Propiamente fue el segundo gobernador del Nuevo Reino de León y participó en las otras dos fundaciones; la primera atribuida a Alberto del Canto en 1577 y la segunda a don Luis Carvajal y de la Cueva en 1583. Santa Lucía con del Canto y San Luis Rey de Francia con Carvajal, cuyo primer alcalde mayor fue don Gaspar Castaño de Sosa. Ambas poblaciones no prosperaron, debido a la belicosidad de los naturales que habitaban la región, porque San Luis y el Nuevo Reino de León se asentaban en jurisdicción de la Nueva Vizcaya y además, acusaron a Carvajal de practicar la ley de Moisés. Por ello fue encarcelado y todo el reino quedó despoblado.


Junto con doce pobladores estableció la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey el 20 de septiembre de 1596, en honor a la virgen María y a don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, conde Monterrey y entonces virrey de la Nueva España. Los nombres de los pobladores deben preservarse: Diego Díaz de Berlanga casado con Mariana Díaz, se quedó con la estancia de San Nicolás, Diego de Montemayor el mozo, casado con Elvira de Rentería, Diego Rodríguez casado con Sebastiana de Treviño, Juan López con su esposa Magdalena de Avila, Martín de Solís con Francisca de Avila, Diego de Maldonado con Antonia de la Paz, Juan Pérez de los Ríos con Agustina de Charles, Alonso de Barreda y Pedro Iñigo, Cristóbal Pérez, Domingo Manuel y Lucas García con mi tatarabuela Juliana de Quintanilla.

Aunque Monterrey lleva 420 años de formada, casi no quedan vestigios o construcciones que nos hablen del pasado correspondiente a los siglo XVII y XVIII. En 1612 llovió tanto que el justicia mayor, Diego Rodríguez, dispuso el traslado de la sede de la primitiva ciudad en donde actualmente permanece la plaza de armas, la catedral y el palacio municipal. Las casas reales, estaban al norte del Ojo de Agua, más o menos situadas entre 5 y 15 de Mayo y en medio de Zaragoza y Escobedo. Según testimonios de la época, la ciudad que más bien (quiero suponer) parecía un campamento quedó completamente destruida.

Como ave fénix, la ciudad volvió a levantarse. En 1653 el entonces gobernador don Martín de Zavala, dispuso la destrucción de las antiguas casas reales para construir un edificio con “lustre y ornato de esta dicha ciudad”. La obra fue entregada el 27 de febrero de 1665 y estuvo al servicio del pueblo apenas casi de un siglo, pues de nueva cuenta llovió tanto en 1752 que dañó la mayoría de las edificaciones importantes de la ciudad. A estas torrenciales lluvias corresponde la maravillosa y aleccionadora leyenda de la imagen de la Purísima, conocida también como la Virgen Chiquita.

Como se advierte, lamentablemente nuestra ciudad capital no cuenta con vestigios arquitectónicos que nos hablen de su pasado. Como testigos de los tiempos, sobresalen el antiguo hospital de Nuestra Señora del Rosario, que previamente había sido la residencia del gobernador Pedro Barrio Junco y Espirella, las partes más antiguas de la catedral y del anterior palacio municipal, además del palacio episcopal de nuestra Señora de Guadalupe en el Obispado. La joya colonial más representativa del virreinato, el templo franciscano de San Andrés, estuvo situado casi tres siglos en la confluencia de las actuales calles de Zaragoza y Ocampo y fue destruido en 1914 por tropas carrancistas que controlaron la ciudad y la región en ese periodo.

El 29 de septiembre de 1667, el gobernador don Nicolás de Azcárraga solicitó a la corona española la concesión de un escudo de armas para Monterrey. La Real Audiencia de la Ciudad de México solicitó informes el 29 de mayo de 1670, luego los remitió el 13 de julio de 1671 y de acuerdo con la reina Mariana de Austria, quien gobernaba a nombre de su hijo Carlos II, expidió  la real cédula fechada en Madrid el 9 de mayo de 1672, facultando al gobernador para aprobar el escudo que la ciudad eligiera.


En el marco oval quedó una escena en donde sobresale un indio en medio de dos árboles, flechando al sol que se asoma por entre el cerro de la Silla. A los lados, dos indios en actitud altiva y orgullosa lo sostienen. Atrás de ellos seis banderas y a sus pies dos cañones, dos tambores y unas balas como trofeos militares. En la parte inferior una banda en gules con el nombre: Ciudad de Monterrey y encima del oval, una corona condal que nos recuerda a don Gaspar de Zúñiga y Acevedo, Conde de Monterrey.


Don Diego de Montemayor entregó haciendas a sus pobladores. Estas se convirtieran en valles en el siglo XVIII y en villas en el siglo XIX. A partir de la segunda mitad del siglo XX se unieron a Monterrey en una zona metropolitana. Así se cumplió el sueño de los pobladores, de ser una ciudad metropolitana. Monterrey fue fundada en tierra de “guerra viva”, en constante zozobra por los ataques de los indios; de tiempos de pobreza. A veces Diego de Montemayor se alimentó de raíces que crecían en los arroyos. De todas ellas, nuestros ancestros se levantaron. Con trabajo, ahorro, sacrifico y esfuerzo. Una ciudad maravillosa para vivir y crecer. Un dato: el gentilicio de sus habitantes es regiomontano, no “regio” que suena despectivo. Hasta el gran Alfonso Reyes se refirió al regiomontano como un héroe en mangas de camisa. O cuando sentenció: “El regiomontano cuando no es un hombre de saber, es un hombre de sabiduría. ¡Qué viva Monterrey, tierra querida, es el cerro de la Silla tu estandarte y tu perfil! A sus habitantes, felicidades por vivir en esa ciudad tan entrañable que veo todos los días y la quiero como si fuera la mía, la Puerta de Monterrey.

3 comentarios:

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  2. Hermosa reseña Antonio Guerrero, gracias por compartirla. Aunque dela ciudad de México, celebro al igual que usted su 420 aniversario , ya que ahi nacio mi abuelo y gran parte de mis raices son regiomontanas.. VIVA Monterrey por siempre. AIDA GOMAR CHAVARRIA

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  3. Hermosa reseña Antonio Guerrero, gracias por compartirla. Aunque dela ciudad de México, celebro al igual que usted su 420 aniversario , ya que ahi nacio mi abuelo y gran parte de mis raices son regiomontanas.. VIVA Monterrey por siempre. AIDA GOMAR CHAVARRIA

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.