domingo, 2 de octubre de 2016

Consideraciones acerca de la existencia de “las brujas” de La Petaca

Antonio Guerrero Aguilar/ Narrador y promotor cultural

Durante la gubernatura de don Martín de Zavala en el Nuevo Reino de León (1626-1664), trajeron las cabras y los borregos procedentes del altiplano central. Pastaban y engordaban en regiones situadas al oriente y norte de nuestra entidad. Según testimonios de gente que sabe de historia, también llegaron esclavos de origen africano como pastores. Los ganados trashumantes venían en el otoño y se iban en la primavera. Entonces la presencia de los pastores y el contacto con los naturales del noreste, dejó una cultura compuesta con los mitos y costumbres, que mezclan ambos mundos y entretejen en asuntos mágicos y extraños.  

En ese sincretismo encontramos algunos atavismos, supersticiones y creencias que todavía persisten respecto a los ritos que tenían los pueblos originarios. Un poblador del Nuevo Santander llamado Hermenegildo Sánchez, (vivió en Villagrán, Tamaulipas de 1750 hasta 1804), escribió acerca de los indicios de la brujería y curandería en el noreste.  “Desierta de gente española y cristiana y solamente poblada por bárbaros indios y algunos pastores que entraban por temporadas a apacentar sus ganados. Porque estos (indios) forman sus mitotes y bailes a que concurren muchas de las rancherías más cercanas a embriagarse con una bebida que hacen de pulque de mezquite, maguey y tuna, y de no haber esto lo más común es el peyote, que es una yerba que ellos veneran mucho que también los emborracha mucho. Con esto y el baile que forman en círculo alrededor de una gran hoguera caen privados y en esa privación se les aparece el demonio, a quien adoran y veneran, que baja del cielo y ahí les dice lo que han de hacer”.


Como se advierte, los naturales hacían mitotes que los colonizadores consideraban malignos y en cierto punto peligrosos a la moral cristiana. Si a esa nos vamos, el mitote norteño era en cierta forma similar a los “aquelarres” que supuestamente hacían las brujas.  Desde mediados del siglo XIX, tenemos  algunos relatos que tienen que ver con el tema de “las brujas”, en una comunidad llamada La Petaca perteneciente a Linares. A decir verdad, muchas narraciones tienen su origen en la figura de los curanderos. Recordemos que en esos tiempos casi no había médicos ni siquiera hospitales establecidos en el Nuevo Reino de León, y el remedio de muchos males lo encontraban en recetas y tratos que tenían con los curanderos que les daban pociones preparadas con hierbas mezcladas y en el cumplimiento puntual de ciertas prácticas.

Para ser curandero se requerían cualidades hasta cierto punto excepcionales. El conocimiento fue pasando por tradición oral y lo fusionaron con elementos de la religión católica. Pero una persona que sabe el origen de las cosas y la solución a los problemas del cuerpo como del espíritu, sabe que hay “trabajos” buenos y malos, unos bendecidos y otros malignos que quieren dañar o desaparecer a las personas. Unos los provocan y otros los solucionan. Como esa función la hacían los mismos, entonces relacionaron al curandero con un hechicero o brujo.

Entonces la comunidad de La Petaca allá en Linares, se hizo famosa para buscar el remedio de los males y la cura de las aflicciones que dañan al cuerpo como al espíritu. Ahí vivieron unas tres curanderas que se dice controlaban las artes negras como blancas de la magia. Por ejemplo, a fines del siglo XIX llegaron dos curanderas a Linares, una de ellas llamada María de Jesús Prado y otra que decía ser una india kikapú cuyo nombre era Guadalupe Ornelas. El alcalde don Jesús María Benítez y Pinillos, pidió a su yerno el doctor Joaquín Garza que las persuadiera de abandonar la población. Pero las indias no se fueron de Linares y se quedaron a vivir en La Petaca. Según cuentan, el sitio se llama así pues dicen que una ocasión unos sacerdotes hicieron un rito de exorcismo y encerraron los espíritus malignos en una “petaca” que metieron en el lecho del río Pablillo.


Según el cronista de Linares, allá por 1960 ocurrió algo extraño en el punto conocido como La Yerbabuena. El comisariado ejidal los llevó con un hombre que se hacía llamar “El Brebajes”. Las autoridades estuvieron platicando un rato con él. Llegado el momento de presentarlos ante su “dios”, les hizo ponerse ropa igual como la que él llevaba. Al fondo del local había un chivo disecado y de pronto se dirigió a los asistentes: “hermanos, nos hemos reunido para alabar a nuestro dios de las tinieblas”. Los visitantes se quedaron todos sorprendidos. Luego los trasladaron a un sitio en donde había una mesa servida con una variedad de platillos. Los testigos experimentaron  visiones y cosas extrañas, como que las paredes se acercaban y alejaban, oyeron gritos espeluznantes, y que todo giraba a su alrededor.

El “Brebajes” levantó en su mano y colocó en ella una serie de palillos que parecían del mismo tamaño y dijo, “al que le toque el más chico será sacrificado en El Pilar del Chivo y le ofreceremos a Satanás la sangre y el corazón…”. Obviamente todos quedaron asustados. Aunque ya no supe qué siguió, este tipo de relatos nos hablan de las supersticiones, así como el conjunto de conocimientos en torno a la salud y el cómo curar, propiciaron que lugares específicos como La Petaca y otros pueblos en Linares, que lo convirtieron  en el escenario ideal para la ferviente creencia en la hechicería. Aunque los vecinos del lugar dicen que ya no hay “brujas ni brujos”. Nomás les quedó la fama.



Visitar el entorno, inmediatamente nos remite a anécdotas como la de unos jacales de brujas que fueron quemados por los pobladores, como la casa de Elisa Látigo, una de las brujas más famosas; y un policía sacó un muñeco entre las cenizas y le quitó cinco o seis alfileres. De aquellos tiempos, cuando “Gente muy importante” venía a consultar, venían a curarse con Elisa Látigo o María Cepeda. 

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.