domingo, 22 de enero de 2017

¿De cuántos “Méxicos” hablamos?

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural

Hay un “México real” con sus 120 millones de habitantes y sus actores socioeconómicos. Sus problemas que le aquejan, sus esperanzas y los esfuerzos de todos y cada uno de quienes habitamos ésta gran nación. Pero hay otros tres “Méxicos”: uno imaginario, otro bronco y el profundo. Si los ponemos en una línea vertical, el imaginario y el real estarían en los extremos: lo que queremos ser y lo que somos. Si añadimos una línea horizontal, abajo quedaría el México profundo y arriba el México bronco. Los mexicanos estaríamos en el punto donde coinciden las líneas. Pero los cuatro “Méxicos” interactúan, por ejemplo con el imaginario justificamos y representamos al profundo, muy ligado al culto a los muertos, al mundo religioso y guadalupano y a los nexos y valores familiares y con el bronco surge el enojo social.

El “México imaginario” es lo que pretendemos ser, el que se vende a través de los medios y del que aspiran lograr a tener todos los lujos y beneficios de ser la supuesta décimo tercera economía en el ámbito internacional. Cuando no lo logramos o se pisotean los derechos, vemos que solo unos cuantos se benefician, sale el hartazgo popular y se canaliza en conductas delictivas, antisociales. Primero vienen las manifestaciones. De pronto algo o alguien hace disgustar a los asistentes y todo se torna en un gran desmadre difícil de controlar. Es el llamado “México bronco”, aquel que don Porfirio supuestamente alertó cuando se fue del país en 1911: “el león estaba dormido y ustedes lo despertaron, a ver si pueden meterlo otra vez a la jaula”.

El “México bronco” surge a partir de la forma de conducir al país de quienes nos gobiernan y administran. Los políticos junto con el poder económico como social, saben que el mexicano es aguantador por naturaleza. Piensan que somos una bola de agachados representado en el clásico “estoicismo” mexicano. Pero cuando hay abusos, desesperanza, frustración, injusticia y desilusiones, ¡aguas! Es como un caldo explosivo. El grupo se oculta en la masa, la turba enardecida actúa más por lo afectivo, la emotividad y no entiende razones. Sin sentir el miedo, corre lo más rápido que puede. Como las multitudes no son predecibles, toda la carga social y política adquiere un peso insoportable y cual olla de presión estalla. En ellos vemos la parte más obscura e inconsciente de la sociedad. La rabia crece y la expresan con golpes, destrucciones y linchamientos. Para muchos no es una forma de justicia social, sino de barbarie colectiva. Brota fácilmente cuando ya no hay alternativas y la conducta antisocial nos lleva al horror y a la fatalidad. Pero solo en ese momento, después ni nos acordamos cómo fueron las cosas. Una vez consumada la venganza social, el individuo se torna callado, sumiso, tímido, taciturno.

Por eso los historiadores y los políticos de antaño recomiendan no despabilar al “México bronco”. Cada vez que hay un enojo comunitario, nos sorprendemos porque la amenaza de la violencia parece contagiarse al mundo de la política. Como decía don Jesús Reyes Heroles, el “México bronco” puede despertar; especialmente si la gobernabilidad de un espacio, de “su México” se ve perjudicada por eventos que provocan manifestaciones, cierres de calles, daño a edificios públicos y arrojo de tomates podridos. Todo responde a la incapacidad de nuestros representantes populares para atajar las injusticas y aplicar la ley como se debe.

Todo ese desgarriate tiene su origen en la desigualdad, en la pobreza, la falta de oportunidades, la corrupción, el crimen organizado como desorganizado al amparo de los tres niveles de gobierno. Cosas que afectan a la construcción del Estado de derecho. ¿Pero cómo fregados se puede lograr, si quienes pueden y deben hacerlo andan preocupados en otras ondas? Maquiavelo sentenció que “son muchas las cosas que desde lejos parecen terribles, insoportables, extrañas y cuando te acercas a ellas resultan humanas, soportables, familiares; y por eso se dice que son mayores los sustos que los males”. Lo que vemos actualmente va por ahí: los sustos son mayores que los males. Por su parte Winston Churchill aseguraba que el político “debe ser capaz de predecir lo que va a pasar mañana, el mes próximo y el año que viene, y explicar después por qué no ocurrió”.

Conviene analizar las causas de la violencia social en México ajustándonos a ese consejo del ex ministro británico: debemos predecir esos hechos y luego explicar por qué no sucedieron. El problema es que nuestros políticos y buena parte de los medios actúan de la forma exactamente contraria: niegan o crean una realidad alterna cercana al “México imaginario”. Cuando ésta ocurre, tratan de explicarnos por qué se dio ese estallido sin que ellos pudieran predecirlo. Así sucedió en Chiapas en enero de 1994: todo mundo lo sabía, pero no se admitía públicamente su existencia. Era imposible negarlo ante las evidencias. Decía que era un fenómeno marginal y bajo control, hasta que ocurrió el mismo día de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio desestabilizando al país. Y en este tiempo han ocurrido y ocurren muchos problemas, pero algunas autoridades prefieren cerrar los ojos a esa realidad.

Lope de Vega nos presenta en una de sus obras, la manera en que la gente se comporta cuando se ponen las cosas feas y no hay alternativas de solución. En Fuenteovejuna tenemos la unión del pueblo en contra de la opresión y el atropello. En abril de 1476 mataron al comendador Hernán Pérez por tantos excesos que cometió. Todos a nombre de uno tomaron venganza: "-¿Quién mató al Comendador?-Fuenteovejuna, Señor. ¿Quién es Fuenteovejuna?-Todo el pueblo, a una." A mi juicio, la turba enardecida no quiere el cambio social; solo quiere la justicia que le niegan las autoridades. Entonces el “México bronco” surge como la quiebra de una ilusión que no se logró y mucho menos se alcanzó.

En el “México bronco” se hace patente la inconformidad entre las clases medias y los amplios sectores que integran la base más empobrecida, explotada y necesitada en el país, en donde figuran los indios y las mujeres. Entonces de vez en cuando y cuando ya no se puede más, la rabia explota contra quienes hicieron de México algo suyo y con privilegios, proveedor inagotable de satisfacciones que les permiten enriquecerse a costa no de unos cuantos, sino de la mayoría de los mexicanos que no ven la hora de que la justicia y los beneficios los alcancen como a unos ya lo hicieron. Por eso hacemos antihéroes y le vamos al que pierde o es vapuleado sin misericordia.

Resulta paradójico que bajo la dirección del “México imaginario” hemos destruido el patrimonio cultural y natural de una gran nación. Todo se hizo desértico, ensuciamos el agua, nos acabamos el petróleo o lo malgastamos y dañamos a la Tierra. Pero la patria como madre generosa nos ofrece sus frutos y dones. Tenemos un territorio tan rico que los políticos, inversionistas y funcionarios públicos están empeñados en deshacer, pero no pueden. La naturaleza siempre se sale con la suya.

En esos “Méxicos” hay uno que justifica y propone la base del concepto de nación histórica que somos. Es el “México profundo” que tiene su origen en las culturas y civilizaciones prehispánicas, que se sintetizaron con la cultura occidental y la presencia de los esclavos que trajeron de Guinea Ecuatorial a trabajar en las plantaciones.  La llamada “tercera raíz”, los africanos que llegaron a realizar los trabajos más pesados en la minería, la agricultura y la ganadería, además de estar al servicio de los grandes señores.  Entonces, hay una pugna y rechazo entre las dos civilizaciones y una negación de la otra. Hay relaciones entre el México profundo y el México imaginario, uno que desconocemos y el otro que queremos ser. En el “México imaginario” tiene su base el maravilloso mundo colonial con sus grupos y clases dominantes que nos dejaron instituciones y formas de ser en el arte y la cultura. Mientras que el “México profundo” tiene sus bases en el mundo mesoamericano.


¿Entonces que se requiere para que los Méxicos convivan en forma armoniosa y conjunta? No hay un México, sino muchos, reflejados en sus regiones, orígenes y castas, la fuerza de los caciques y caudillos y la presencia de la labor misionera y del celo apostólico con el inculcaron a la fe católica. Si no se puede consolidar el “México imaginario”, al menos vale la pena conocernos, aceptarnos y reconocernos como tal y lo que somos. Conviene substituir (sin olvidar) al “México profundo” por una realidad distinta que se ha presentado a lo largo de la historia. 

Vaya reto, reconstruir y reescribir nuestra historia. En lugar de negarlos, habría que colocarlos en su justa dimensión. Al respecto, Guillermo Bonfil Batalla escribió: “Hago un reto que solo podemos enfrentar a partir del reconocimiento de nuestra realidad. Y encontramos ahí al develar prejuicios, al liberar nuestro pensamiento colonizado, al recuperar la decisión de vernos y pensarnos por nosotros mismos, al protagonista central de nuestra historia y al componente indispensable de nuestro futuro, el México profundo”. 

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.