domingo, 29 de enero de 2017

Los mitos fundacionales

Antonio Guerrero Aguilar/ Escritor y promotor cultural


Se considera mito fundacional a la estructura simbólica correspondiente a la vida y cultura del ser humano, la cual está presente desde el origen de las civilizaciones. Tienen una doble función: dar sentido y explicar a las instituciones existentes remitiendo a los "tiempos originales" en la historia de la humanidad. Recurrimos a ellas para encontrar una solución, sentido o respuesta a alguna interrogante de nuestros tiempos. Los mitos fundacionales corresponden a los relatos de Sísifo, Prometeo, Ulises y el eterno retorno. En el primero de ellos, los dioses habían condenado a Sísifo a empujar continuamente una roca hasta la cima de una montaña. La piedra volvería a caer por su propio peso. Como castigo, Sísifo debía comenzar otra vez. Hay una moraleja en esto: no hay peor castigo que el trabajo inútil y sin esperanza. Para Homero, Sísifo era el más sabio y prudente de los mortales. Pero cometió el error de revelar los secretos de los dioses. Todo inició cuando Egina, la hija de Asopo fue raptada por Zeus. El padre al darse cuenta acudió con Sísifo, quien ofreció ayuda a cambio de agua para la ciudad de Corinto. Sísifo prefirió la bendición del agua a los rayos celestes de los dioses del Olimpo. Por eso lo enviaron al infierno como castigo. Ya en otra ocasión había cometido la osadía de ponerle cadenas a la misma Muerte.

Fue cuando Plutón envió al dios Ares para liberarla de su captor. Sísifo estaba a punto de morir y como última voluntad, ordenó a su esposa arrojara su cuerpo en medio de la plaza pública. La esposa desobedeció y Sísifo obtuvo de Plutón el permiso para volver a la tierra con objeto de castigar a su mujer. Cuando regresó a este mundo ya no quiso regresar. Entonces Mercurio bajó a la Tierra para llevárselo por la fuerza a los infiernos, donde estaba ya preparada su sentencia de cargar una roca. Sísifo es el héroe absurdo por sus pasiones como por su tormento. Despreció a los dioses, retó a la muerte y su pasión por la vida le valió un castigo interminable; día con día hace un esfuerzo inútil para levantar la enorme roca, hacerla rodar hasta subirla por una pendiente. Al final del largo esfuerzo se alcanza la meta. Sísifo ve la esperanza por algunos instantes. La piedra cae y debe subir hacia las cimas y bajar de nuevo en un círculo y rito interminable. Este mito es trágico porque su protagonista tiene conciencia. Todo se repite, la monotonía prevalece y la esperanza no cumple su misión.

En cambio, el mito de Prometeo nos recuerda a la existencia de los dioses y de cómo intervienen en la vida de la humanidad. Los dioses modelaron al hombre en las entrañas de la Tierra; luego mezclaron los elementos para darle vida. Cuando se disponían a sacarlo a la luz, mandaron a Prometeo y Epimeteo para darles facultades, distribuyéndolas convenientemente entre los mortales. Epimeteo pidió a Prometeo repartirlas convenientemente: a unos animales les dio fuerza, a otros las destrezas y a otros capacidad de defenderse y no ser aniquilados. Pero como Epimeteo no era del todo sabio, gastó todas las facultades en las demás especies de la naturaleza. Quedaba sin dotar a la especie humana y no sabía qué hacer. Hallándose en ese trance llega Prometeo para supervisar la distribución. Ve a todos los animales armoniosamente con sus cualidades y al hombre desnudo, desamparado y expuesto a las calamidades. El hombre debía salir a la faz de la Tierra y ante la imposibilidad de encontrar un medio para sobrevivir, Prometeo robó a Hefesto y a Atenea, el fuego y la sabiduría de las artes y se las da como regalo al hombre. Fue cuando el hombre adquirió los recursos necesarios para sobrevivir.

En señal de agradecimiento, el hombre reconoció a los dioses y comenzó a erigir altares e imágenes en su honor. Después aprendió a hablar y a escribir. Se adaptó al mundo para sobrevivir y controlarlo. Pero el ser humano no tenía el arte de la política. Cuando establecía aldeas y pueblos debía pelear. Por eso Zeus tuvo miedo de que los hombres se mataran entre sí, entonces mandó a Hermes para llevar a los hombres el pudor y la justicia, a fin de que rigiesen en las ciudades la armonía y los lazos comunes de amistad. Hermes le preguntó a Zeus la forma de repartir la justicia y el pudor entre los hombres: los dones fueron distribuidos de manera para que un solo hombre tenga una cualidad. Por ejemplo, el arte de la medicina fue dado a unos cuantos pues uno solo basta para tratar a muchos. Otra vez Hermes cuestionó a Zeus: “¿Reparto así la justicia y el poder entre los hombres, o bien las distribuyo entre todos?”. "Entre todos”, respondió Zeus; porque si no acceden a ellas, jamás habrá ciudades. Zeus sentenció: “Además, establecerás en mi nombre esta ley: qué todo aquel que sea incapaz de participar del pudor y de la justicia sea eliminado, como una peste de la ciudad''.

El otro mito fundante corresponde a Odiseo rey de la Isla de Ítaca, situada en el mar Jónico; casado con Penélope y jefe del ejército griego durante la guerra de Troya. Para los griegos es Odiseo y para los romanos es Ulises, cuyo nombre significa “aquel que odia o tiene rencor”. Homero cuenta las aventuras de Odiseo y de cómo luchó después de años ante numerosos obstáculos. Luego de vencer en Troya regresó a su patria, tras muchas aventuras increíbles y peligros provocadas por Poseidón. A Odiseo se le ocurrió el famoso caballo de Troya que le valió la victoria y conquista de la ciudad. Su esposa Penélope y su hijo Telémaco esperaron su regreso y con la ayuda de la diosa Atenea mataron a los pretendientes y de aquellos que querían gobernar su reino. Durante su viaje tuvo aventuras increíbles, pero su renombrada inteligencia lo ayudó a sobrevivir las numerosas dificultades, a pesar de que su tropa no fue tan afortunada.

Durante su larga ausencia, sus enemigos trataron de convencer a su esposa Penélope para volverse a casar. Cuando llegó Odiseo, se disfrazó como un mendigo. Solo su perro viejo lo reconoció. Hasta entonces, Penélope permaneció fiel. Ella no había visto a su esposo desde el comienzo de la guerra de Troya, veinte años atrás. Después de tantos años, se pensaba ser una viuda. Presionada por sus pretendientes, declaró que se casaría solamente con aquel que pudiera torcer un arco extremadamente duro que era de Odiseo. Todos sus pretendientes intentaron eso pero solo Odiseo lo logró y se reconocieron.  Por eso la Odisea comienza con éste verso: “Oh musa, cántame y cuéntame la historia de ese hombre diestro en todas las formas de luchar, un errante acosado hasta el fin de los años”.

En el mito del eterno retorno, los griegos veían al mundo como cambio incesante y lo que cambiaba más violentamente era la vida humana. Los dioses estaban identificados con el terror y el cambio. Para los antiguos, el recuerdo del origen se identifica con el temor del futuro. La tesis del eterno retorno se hace extraña, puesto que ese punto de retorno avanza, se transforma, no está inmóvil desde hace 40 mil años, y los arquetipos no evolucionan, por lo tanto son susceptibles de cuestionamientos y causan conflictos. Collingwood en su idea de la historia, recuerda que Herodoto veía en la divinidad que ordena el curso de la historia, un poder que se regocija en trastornar y desordenas las cosas.

Toda cultura cercana a sus orígenes vive en el terror, habiendo conocido una catástrofe en el pasado, luego teme un apocalipsis en el futuro. Las sociedades primitivas están aferradas a toda una serie de arquetipos primigenios en una evidente negación del paso del tiempo, de la historia, de un pasado y de un futuro. Por eso en los mitos fundacionales hay un inmovilismo en creencias antiguas y arraigadas que paradójicamente se niegan a ellos. Las referencias originales se convierten en proyecciones. Los cambios no son como las tablas de la ley, nadie los escribe en piedra y sin embargo se convierten en creencias inamovibles. Surgen de la evolución de mitos más antiguos o de hechos más o menos contemporáneos y convenientemente distorsionados. Los mitos aunque de tendencias mágicas y tal vez ingenuas, se nos presentan como un conocimiento colectivo y profundo. Tienen la cualidad de cambiar, se ajustan y se enriquecen con las nuevas generaciones.


Por eso el ser humano regresa a reflexionar en lo ya vivido y experimentado por otras civilizaciones y pueblos. 

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.