domingo, 23 de abril de 2017

Rafaela e Ignacio: entre el amor y la patria

Antonio Guerrero Aguilar/

Una noche el entonces coronel Ignacio Zaragoza llegó junto con su tropa a la ciudad de Monterrey. Luego de arreglar en donde quedarían sus soldados, Zaragoza acudió a la casa de un amigo suyo y antiguo subordinado llamado Marcelino Padilla. El domicilio estaba sobre la calle del Comercio, (actual Morelos 728), entre Zuazua y Dr. Coss. Inmediatamente la familia dispuso atender lo mejor posible a Ignacio y le permitió quedarse en la sala, en donde estaba el retrato de una doncella con apenas 20 años de edad. Zaragoza al verla quedó plenamente cautivado por ella y así lo hizo saber a uno de sus anfitriones. El valiente militar debió salir de Monterrey, pero a su regreso los dos coincidieron en un baile. La vio bien, le atrajo su estatura media y figura esbelta, blanca, pelo castaño oscuro, nariz respingada, ojos café claro y su porte distinguido. Inmediatamente Zaragoza le pidió que bailara con él. Mientras ocurría la danza no perdió más el tiempo y le declaró su amor. Ella no aceptó, pues primero debía consultarlo con su madre. Ya con la aprobación materna, Rafaela le dio el sí y hasta eligieron la fecha para el día de la boda.

De acuerdo al acta de matrimonio religioso, el 21 de enero de 1857, Rafaela e Ignacio se casaron en la catedral de Monterrey, ante el presbítero Darío de Jesús Suárez. El acta correspondiente está en el Archivo de la Catedral, hace referencia algunos datos interesantes de los contrayentes: Ignacio originario de la Bahía del Espíritu Santo en Texas, nacido un 24 de marzo de 1829,  hijo de Miguel Zaragoza y María de Jesús Seguín, vecino en Monterrey desde su infancia. Rafaela, hija de José María Padilla y de Justa de la Garza. El documento la hace originaria y vecina de Monterrey, aunque Israel Cavazos señala que nació el 1 de noviembre de 1836 en San Nicolás Hidalgo. Fueron testigos del enlace Miguel Zaragoza y Tomás Núñez.


Pero Ignacio no se presentó a la boda, porque acudió a San Luis Potosí a sofocar una revuelta. En consecuencia, el matrimonio se hizo “por poder”. A la novia no le gustaba esa opción y fue el señor obispo don Francisco de Paula y Verea, quien convenció a Rafaela de casarse con Ignacio en la representación de su hermano Miguel. La tradición popular cuenta que cuando el padre Darío Suárez preguntó a la contrayente, “si aceptaba como esposo a Miguel, prometerle fidelidad en lo próspero y en lo adverso, amarlo y respetarlo todos los días de su vida”, Rafaela movió la cabeza en señal de rechazo. Nuevamente el padre le preguntó si quería a Miguel como su esposo y la joven se negó. Fue cuando el padre cayó en cuenta de que en lugar de decir el nombre de Ignacio, estaba diciendo el nombre del hermano presente.

Lamentablemente Rafaela e Ignacio se casaron en tiempos difíciles. Zaragoza iba y venía debido a la guerra de Reforma. El mismo Zaragoza admite su incapacidad para atender a su familia como Dios manda. Como cuando Vicente Guerrero una vez debió elegir entre la vida de su padre y la patria, Zaragoza también eligió entre su familia y la patria. Por ejemplo, el 27 de mayo de 1859 le mandó una carta a Santiago Vidaurri ratificando su compromiso con la Nación, más le preocupaba la suerte de su mujer y los suyos: “Estoy resuelto, como usted sabe muy bien, a no dejar las armas de la mano hasta no ver en mi patria restablecida la Constitución, y, por consiguiente, la verdadera paz de toda ella. Para conseguir estas cosas, no hay duda que será necesario librar grandes combates, en los cuales necesariamente tendré que hallarme. No será remoto, por lo mismo, que en cualquiera de ellos me sobrevenga un suceso desgraciado, y, en este caso, mi pobre familia quedará reducida a la más espantosa miseria, porque no cuenta con otro patrimonio que el de mi trabajo. Esta tristísima cuanto penosa idea, me pone en el duro caso de ocurrir a usted para suplicarle, por medio de la presente, tenga la bondad de mandar entregar a mi esposa, por mi cuenta, la suma de dos mil pesos; con los cuales podrá concluir una casita que ha comenzado a fabricar…”

El matrimonio Zaragoza Padilla  tuvo tres hijos. El primero de ellos fue llamado Ignacio, quien falleció en Monterrey en marzo de 1858. Después nació otro Ignacio Estanislao, quien murió también en tierna edad cuando su padre ocupaba la cartera como ministro de Guerra en 1861. La más pequeña, bautizada como Rafaela en honor a su madre; nació en junio de 1860 y vivió hasta 1927.

Para estar cerca de su esposo, doña Rafaela se trasladó a la Ciudad de México junto con sus dos pequeños hijos y por su suegra María de Jesús Seguín. Lamentablemente contrajo una pulmonía  que le quitó la vida el 13 de enero de 1862. Su esposo no alcanzó a estar con ella pues se hallaba en Puebla cumpliendo sus obligaciones al servicio de la patria. Los franceses estaban a punto de atacar la ciudad y no podía alejarse de su encargo. El cadáver de su esposa fue inhumado en el panteón de San Fernando en la Ciudad de México.



Ocho meses después, Ignacio falleció el 8 de septiembre a la edad de 33 años. Sus restos también fueron llevados al panteón de San Fernando, pero no los enterraron juntos. En 1976 los exhumaron para depositarlos en un monumento en su honor en el sitio de la gloriosa batalla de Puebla. El  5 de mayo de 1979, los restos de la señora Rafaela Padilla de Zaragoza fueron trasladados para reunirlos con los de su marido. El orador oficial de aquel acto enunció: “Es hora del reencuentro, y otra vez de un acto de irrestricta justicia, y llega hoy por derecho propio la esposa ausente de esta cripta… Si el cumplimiento de su deber los separó, ha sido la voluntad misma del pueblo la que los ha vuelto a reunir y depositarlos para que reposen en paz, por fin, bajo el cielo de Puebla.” Como Abelardo y Eloísa, Rafaela e Ignacio descansan compartiendo la misma morada hasta el fin de los tiempos. Allá en Hidalgo, Nuevo León, cuentan que Ignacio murió de tristeza y nostalgia, por no cumplirle como una vez se le prometió ante Dios y los hombres. No soportó el deceso de su amada a quien le decía de cariño “la paloma de ojos verdes”. 

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.