domingo, 25 de junio de 2017

Leonardo Márquez, entre matar y traición

Antonio Guerrero Aguilar/

El 8 de enero de 1820 nació en la Ciudad de México, un personaje a quien con el tiempo se le llamó con cierto temor y aire de desprecio el “Tigre de Tacubaya”. Apenas dos días después fue llevado a recibir las aguas bautismales y se le impuso el nombre de Leonardo Teófilo Guadalupe Ignacio del Corazón de Jesús. Fueron sus padres Cayetano Márquez, en ese tiempo sargento primero del Batallón de Querétaro y María de la Luz Araujo. Su padre mantenía buen historial como soldado: hizo campaña en Chiapas, luego participó en las armas nacionales para evitar que los españoles al mando de Isidro Barradas ingresaran por Tampico en 1829. De ahí siguió hasta los desiertos de Coahuila y Tejas para pelear contra los separatistas y filibusteros texanos y hacer frente a las incursiones de los llamados indios bárbaros.

Don Cayetano aprovechó el puesto que le dieron en la Compañía Presidial de Lampazos, para iniciar a su hijo Leonardo en la carrera de las armas. Por ese tiempo el jefe militar de la región era el general Manuel Mier y Terán que llegó en enero de 1828, para promover la población en Texas, la defensa de las incursiones de los indios bárbaros y evitar la penetración anglosajona en la región. Por situaciones algo confusas, Mier y Terán se suicidó el 3 de julio de 1832 en Padilla, Tamaulipas.

En ese tiempo para ser cadete, los aspirantes ingresaban a alguno de los cuerpos del ejército. Los jóvenes recibían adiestramiento militar, práctico y táctico, así como de conocimientos generales en matemáticas y lengua nacional de parte de un “maestro de cadetes”. Según la aptitud de los discípulos, eran promovidos a la clase oficial.

Da la impresión de que la infancia de Leonardo Márquez inspiró al gran Manuel Payno, quien alguna vez se refirió a Pedro Cataño, uno de los protagonistas de la novela “Los bandidos de Río Frío” y que se supone, también sirvió en la Compañía Presidial de Lampazos. Para tener una idea, leamos algo al respecto: “Y luego que tuvo la edad suficiente fue enviado a un colegio de México y después a servir en la frontera, en las montañas presidiales a las órdenes del viejo veterano don José Juan Sánchez: tuvo que entrar en el desierto y buscar a las tribus de lipanes que atormentaban a los prisioneros”.

En la hoja de servicios de Leonardo Márquez, se hace constar que fue cadete de la Compañía de Lampazos del 15 de enero de 1830 al 31 de mayo de 1832; un total de dos años, cuatro meses y 16 días. En Lampazos mostró buena disposición y amor a la carrera de las armas. Luego fue promovido como cadete del Batallón Activo de Querétaro en donde permaneció por espacio de cuatro años. Para 1847, el año en que las tropas de Winfield Scott cayeron sobre México; Márquez con tan solo 27 años tenía el grado de comandante de batallón.

Con el correr del tiempo, el niño que llegó a Lampazos para combatir a los indios bárbaros, filibusteros y contrabandistas, se convirtió en el sanguinario Leonardo Márquez, a quien vemos en los sonados fracasos y situaciones de Ayutla, la Reforma, la intervención francesa y el Imperio. Por su aspecto, lo compararon como una especie de buitre jugando a la lotería a ver que sacaba y ganaba. Alguna vez Félix Zuloaga dijo: "Su huella aún se conoce a la larga distancia, allí donde hay desolación y lágrimas, donde la barbarie se ha cebado en alguna víctima, por allí, sin duda, ha pasado el general Leonardo Márquez”.


Cuando triunfó la revolución de Ayutla en 1854, se ocultó y preparó su exilio. Regresó a México tres años después, fue gobernador y jefe militar del estado de Jalisco. Ahí ordenó el asesinato de un estadunidense y provocó un incidente diplomático en el momento menos adecuado. En abril de 1859 derrotó al jefe liberal Santos Degollado cerca de Tacubaya. Después de la batalla ordenó el fusilamiento de los oficiales, heridos e incluso de algunos civiles y los médicos que los atendían. A los muertos se le recuerda la como “Los mártires de Tacubaya”. Y Márquez se ganó el mote de “El Tigre de Tacubaya”. Muchas de las acciones de guerra que son consideradas como injustas y sanguinarias, fueron hechas por sus tropas; como la del asesinato de Melchor Ocampo, Santos Degollado y Leandro Valle. Al triunfo de los liberales, estuvo en la cárcel acusado por malversar fondos.

Al salir de la prisión continuó en la carrera militar. Siempre peleando contra los considerados héroes de la República. Mandaba 2 mil 500 hombres cuando se unió a las tropas imperiales. Cuando Maximiliano llegó en 1864, le advirtieron de lo que Márquez era capaz de hacer y en consecuencia le dio una misión diplomática en Constantinopla. Márquez regresó a México en 1866, y fue llamado por el emperador para combatir a las fuerzas republicanas junto con Miguel Miramón. Márquez rompió el Sitio de Querétaro en marzo de 1867. Ahí Maximiliano lo nombró jefe del Estado Mayor y General en Jefe del Ejército Imperial. Pidió  su salida, prometiéndole al emperador regresar con refuerzos. Pero nunca volvió. Maximiliano, Miramón y Mejía murieron fusilados; mientras “El Tigre de Tacubaya” se ocultó por seis meses en la casa de unos amigos en la Ciudad de México. Al menos tuvo más suerte que Santiago Vidaurri a quien capturaron y luego fusilaron el 8 de julio de 1867. Para escapar con rumbo a Veracruz se disfrazó de arriero y así pudo abandonar el país en un barco en el cual servía de marinero. Cuentan que poco antes de abordar la nave, estuvo en frente de Porfirio Díaz que no le reconoció. Para los liberales y conservadores se convirtió en un doble traidor: a la Patria y a la causa de Maximiliano. Por eso sentencian que debió ser ahorcado dos veces: una por los republicanos y otra por quienes apoyaron al Imperio.


Estuvo en Nueva York para luego fijar su residencia en La Habana, Cuba. Pasado el tiempo, Márquez pensó que era tiempo de regresar a su nación. En 1895 pidió apoyo a Manuel Romero Rubio, suegro y secretario de Gobernación de Porfirio Díaz. Obtuvo el indulto y el permiso para regresar. Desembarcó en el puerto de Veracruz en mayo de 1895. Su traslado a la Ciudad de México estuvo repleto de problemas y peligros. Llegó casi a escondidas. En tono de queja replicó: “No entiendo”, “Solamente regreso a vivir en mi patria mis últimos años”. Y era el único de los perdedores de la Reforma y el Imperio que seguía con vida.


Lamentablemente al poco tiempo de su llegada, murió Romero Rubio en octubre de 1895. Márquez padeció las agresiones de la prensa que buscaba la oportunidad de denostarlo y de aquellos que perdieron la vida de un familiar durante un acto de barbarie atribuido al “Tigre de Tacubaya”. No aguantó la presión. Mientras vivió en la Ciudad de México, cada Jueves de Corpus dejaba una corona de flores en la tumba de su amigo don Manuel Romero Rubio. Se fue de México en 1910 y volvió a La Habana. Paradojas de la historia, el último de los generales conservadores, el más duro, el más cruel, el que mayores deudas de sangre cargaba en sus espaldas murió en su cama el 5 de julio de 1913. 


Alguna vez le confió a alguien: “Yo, por fatalidad, he hecho todo en mi vida, me arrastra”. Añadió: “Ah, si no ha sido por esa fatalidad sería agricultor ricachón, porque le gusta trabajar, andando al Sol, a caballo, mojándose, cansándose”.

1 comentario:

  1. Pues bien escribe el articulista, paradójicamente, el soldado conservador más cruel y sanguinario murió en "santa paz".

    Por supuesto, una "buena causa supuesta" como era la del clero y el ejército, que querían conservar sus privilegios, tuvieron en Márquez su más enardecido defensor, aunque su formación como soldado quizá tuvo mucho que ver con su manera de obrar en la masacre de Tacubaya.

    Y aunque no sea sino sólo para atenuar sus más incalificables actos, valdría la pena investigar a fondo sobre la autoría intelectual y material de ellos, quizá sólo así podríamos ser más justos para evaluar su conducta.

    Por cierto, no solamente causaba horror y pavor entre los liberales, sino también entre los conservadores; en alguna parte leí que hasta a la emperatriz Carlota le causaba miedo.

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.