domingo, 24 de septiembre de 2017

Hablemos de la paz

Antonio Guerrero Aguilar/

Nos hablan tanto de la paz como de su contraparte la guerra. Inmediatamente la representamos con una paloma blanca. Pero casi no profundizamos en torno a lo que es la paz, del compromiso y la necesidad de trabajar por ella, aunque nadie niegue la importancia y la responsabilidad que todos tenemos para construirla en un mundo cada vez más expuesto a las amenazas de la guerra; de la violencia e inseguridad cada vez más generalizada y de sus fatales consecuencias. Estos apuntes tienen la intención de procurar una conciencia personal como comunitaria para la construirla, en cuanto preocupación social que nos compete a todos.

Cicerón identifica a la paz como una tranquila libertad (Pax est tranquilla libertas). Hobbes considera a la paz como el cese del estado de guerra o de un conflicto universal entre los hombres y por lo tanto, depende de una ley fundamental de la naturaleza. Kant no estaba de acuerdo respecto a la paz como asunto de la naturaleza, ante todo debe ser instituida y prueba de ello es que la falta de hostilidad no significa necesariamente una seguridad. Lo cierto es que la verdadera paz se asienta en la confianza recíproca. Comprende un equilibrio y la estabilidad de las partes de una unidad; así como también la falta de inquietud, violencia o guerra. Para otros, la paz se define como el ordenamiento justo de las relaciones económicas y sociales, cuyo propósito es anular la brecha de la desigualdad existente, capaz de suprimir los mecanismos que provocan esa división.

Durante un ejercicio pedagógico, me preguntaban unos alumnos como podíamos vivir en paz: les dije que primero mediante un saludo. Los hebreos saludan siempre con el “Shalom”, que implica necesariamente el reconocimiento y el respeto a los demás. Los católicos la ofrecemos antes de la comunión “la paz esté con nosotros”.  Ese deseo lo pedimos través del bienestar personal, de las familias y de la sociedad, reflejado en la prosperidad, la salud, la alegría y la salvación. Una paz que también incluya el perdón, así como la búsqueda de la utopía. Una persona que guarda venganzas y enojos no puede alcanzar la paz.

Curiosamente la paz que Cristo nos señala en sus Evangelios se aleja del común denominador: “no he venido a traer la paz sino la guerra” (Lucas 12, 49-52). En ese mensaje, se refiriere más bien a la caridad que Cristo espera de nosotros, para vivirla como un ardor en los corazones que le aman y lo siguen. En tiempos ancestrales se hablaba de la “pax romana”, entendida como una situación impuesta por la fuerza gobernante,  en especial cuando ejerce un poder en forma unilateral, controlada y sin respetar los derechos y garantías individuales de aquellos a quienes se gobierna. Benito Juárez sentenció sabiamente: “el respeto al derecho ajeno es la paz”. Bueno, a decir verdad esa frase la dijo Emanuel Kant. Algo similar a lo que se vivió en tiempos de don Porfirio Díaz, quien impuso el orden y el progreso sin distinciones y complicaciones.

Todos buscamos la paz personal e interior. La paz no puede adquirirse a través de la educación, pues no se puede educar a nadie para la paz, aunque existen actividades encaminadas al fomento de ella y sólo se puede obtener a través de la acción social. Por ejemplo, siempre ha existido cierto interés y anhelo por la paz en los hombres y mujeres a través de los tiempos. Otros la consideran como el proceso de búsqueda de justicia en los diferentes niveles de relación humana. Este es un concepto dinámico el cual nos lleva a entender a la paz como un medio para alcanzar una concordia de la persona consigo misma, con la naturaleza y con los demás. Curiosamente la paz adquiere diversas y formas para entenderla. Se nos puede aparecer mediante la alegría, la felicidad, la meditación, la oración o la cercanía de un ser querido. O bien, como una armonía entre lo que somos, lo que pensamos y hacemos.


A Muste le debemos la definición más emblemática en torno a ese concepto: “No hay un camino hacia la paz, la paz es camino”. Con esto reconoce que la paz no es una meta, más bien un proceso por el que hay que aprender a entrar en los conflictos y resolverlos de forma positiva sin usar la manipulación o la obligación. Tal vez encausando una rebeldía, regulando los conflictos por métodos pacíficos y asumir la responsabilidad de las consecuencias de nuestros propios actos. Puede hablarse de una paz social como entendimiento de las buenas relaciones entre los grupos, clases o estructuras sociales dentro de un país. En el plano individual, la paz designa un estado interior, exento de cólera, odio y de sentimientos negativos. Por lo tanto, es deseada para uno mismo e igualmente para los demás, hasta el punto de convertirse en un saludo o una meta de vida, tal y como la buscaron en su tiempo y en sus modos, pacifistas como Ghandi y John Lennon; tan solo por citar a algunos o el movimiento hippie tan famoso en la década de los 60 y los 70 en el siglo XX que invitaba a hacer el amor y no la guerra, con el saludo distintivo de una generación que con dos dedos en forma de “V” nos recordaba: “Amor y paz”, (peace and love). Y hasta Lennon cantaba “A give peace a chance”.

La encíclica Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II, señala que la paz no es la ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica. Más bien es obra de la justicia (Is 32, 7) y del fruto del orden plantado en la sociedad humana por Cristo y que los hombres, sedientos siempre de una perfecta justicia que buscan alcanzar. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está comprometido a continuos cambios que beneficien a la sociedad. Por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un continuo quehacer.



Para construir la paz se requiere ante todo, evitar las causas de discordia entre los hombres, que son las que alimentan las guerras. Principalmente deben desaparecer las injusticias, que contribuyen a las excesivas desigualdades económicas y de la lentitud en la aplicación de las soluciones necesarias. A veces las guerras nacen del deseo de dominio y del desprecio por las personas y de motivos más profundos, como lo son la envidia, la desconfianza, de la soberbia y demás pasiones egoístas. Para establecer un mundo de paz, se requiere satisfacer las diversas necesidades de los hombres tanto en el campo de la vida social, como la alimentación, salud, educación y el trabajo entre las naciones menos favorecidas. Fomentar el progreso, remediar en todo el mundo la triste situación de los refugiados o ayudar a los emigrantes y a sus familias. Para alcanzarla, se requiere el diálogo entre todos los hombres y la edificación del mundo y orientación de éste a Dios. Como promesa escatológica, Cristo nos ofrece la paz: “mi paz les dejo y mi paz les doy” (Jn 14, 27).

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.