domingo, 3 de septiembre de 2017

Y nadie como “El Piporro” de Lalo González

Antonio Guerrero Aguilar/ 

Los Herreras, Nuevo León es un municipio situado al noreste de Monterrey a poco más de cien kilómetros. Fue establecido a mediados del siglo XVII como una estancia ganadera a la que llamaron el rancho de La Manteca, entonces una jurisdicción territorial de Cerralvo. El 20 de noviembre de 1874 fue erigido en municipalidad con el nombre de Los Herreras, en honor a los hermanos José y Martín Herrera; quienes por cierto, fueron de los pocos que lucharon por la guerra de Independencia en el Nuevo Reyno de León en el verano de 1813. Una vez el hijo más ilustre de Los Herreras, don Eulalio González “El Piporro” sentenció que su pueblo natal fue la última capital del mundo antiguo, pues cuando el coloso de Rhodas rodó y el Parthenón se partió, los restos se quedaron en Grecia, mientras que en Herreras solo se quedó pura piedra bola.


Eulalio González Ramírez, conocido en el ambiente artístico nacional como “El Piporro”, nació en Los Herreras el 16 de septiembre de 1924, hijo de un empleado aduanal de nombre Pablo González y Elvira Ramírez. Por las labores propias de su padre, Eulalio vivió en diversos puntos de la frontera de Tamaulipas como Ciudad Guerrero, ahora inundada por las aguas de la presa Falcón, los Guerras, una congregación que en ese entonces pertenecía a Mier y ahora es de Miguel Alemán, en Reynosa y Matamoros. Decía que una vez estaban viendo una película en Ciudad Guerrero, Tamaulipas. En una escena salió un tren y asustado salió corriendo pensando que le iba a pasar encima. En esos lugares inició sus estudios primarios, llegando a Monterrey en 1943 para cursar la carrera de medicina en la Universidad de Nuevo León. No la concluyó, por lo que se graduó en teneduría de libros y estenografía. Estuvo un tiempo en el periódico El Porvenir y se dedicó a la locución en estaciones como la XEMR en donde imitaba a cantantes, luego pasó a la XEFB y posteriormente a la XET.

Tuvo la oportunidad de conocer a Pedro Infante, quien lo invitó a la Ciudad de México para incursionar en la radio y el cine. Por su capacidad de imitar voces, fue contratado en 1948 para actuar en la radionovela “Ahí viene Martín Corona” para dar vida al “Piporro”, un personaje creado por el bachiller Álvaro Gálvez y Fuentes. Para 1950 participó como extra en películas como “La Muerte Enamorada” y “Dancing”. A partir de ahí inició una carrera en el cine nacional en donde compartió créditos con los más importantes actores de la época como Pedro Infante, los cuatro hermanos Soler, Antonio Aguilar, Antonio Badú, Pedro Armendáriz, Luis Aguilar entre otros más. También fue galán de las mujeres más bellas de la época como Christian Martell, Rosita y Elvira Quintana, Ana Bertha Lepe y la “Doña” María Félix, de la que por cierto Piporro se ufanaba se ser el único que la había cacheteado y nalgueada en películas, aún y cuando ella se había fajado de lo lindo a actores como Pedro Armendáriz y Jorge Negrete.

Un tiempo tuvo problemas con la industria cinematográfica nacional, por lo que se dedicó a producir y a realizar películas en forma independiente, apareciendo en programas de televisión. Por la cinta “Espaldas Mojadas” ganó un Ariel y por “El Pocho” una Diosa de Plata. En sus orígenes salía personificando a viejos. Cuando comenzó a filmar “Ahí viene Martín Corona” debía dar vida a un personaje que rondaba los setenta años, cuando el no pasaba de treinta. Después hizo películas como “El Bracero del Año”, “El Rey del Tomate”, “Torero por un Día”, “Los Santos Reyes”, “La Nave de los Monstruos”, “De tal palo tal astilla”, “El Padre Pistolas” entre otras más. En una película al lado de Luis Aguilar, Pedro Vargas y Agustín Lara, siempre le jugaba bromas pesadas.

Algo digno de reconocerse, es que la mayoría de los apellidos de los personajes que salían en las películas, eran Garza, Treviño, Martínez, Cantú o Villarreal. Es el prototipo y típico habitante del noreste mexicano. Junto con Eleazar García “Chelelo” y Jesús González Leal “Chis Chas”, han difundido el espíritu y el alma del noreste, con sus canciones, ocurrencias y forma de hablar fuerte y golpeado y la forma de ser del norteño ya sea de Chihuahua, Coahuila, Nuevo León o Tamaulipas.
Interpretó canciones y corridos en los que hablaba personajes y lugares comunes como Saltillo, Ramos Arizpe, General Bravo, Allende y sin olvidar a su Reynosa querido. Al Piporro le debemos la incursión tanto en el cine nacional como de la grabación de discos de “Los Donneños”, que siempre lo acompañaron en películas, programas de  televisión y presentaciones en público. En una escena memorable del cine nacional cantó con Oscar Pulido “Agustín Jaime” o grabaciones como “El Taconazo”, “el Abuelo Ye-ye”, “Chulas fronteras”, y demás canciones en las que imitaba voces, metía mariachi o acordeón al rock and roll y demás lujos que solo Lalo González se podía dar. Con una chispa innata para la actuación, cuando Pedro Infante esperaba la oportunidad para empezar a cantar Cien años, Piporro se le adelanta, le roba la escena y lo guía para que comience la melodía dedicada por cierto a Elsa Aguirre.


Contrajo matrimonio con Ernestina Ballí González y de esa unión, nacieron seis hijos. Seguramente doña Ernestina fue aquella mítica Petrita del “Bracero del Año”. Murió el 1 de septiembre de 2003. Hace tiempo de su partida; siguen haciendo falta hombres como el Piporro, que nos hacían ver y reconocer a Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas, como la parte del norte del México que desde el centro y del resto de la república respetaron gracias a las ocurrencias y forma de ser. Dos veces tuve la oportunidad de conocerlo, en un homenaje que le hicieron en el CEU y otra allá en General Bravo. Los maestros tenían cerrada la carretera a Reynosa y “El Piporro” se bajó de la camioneta y les dijo: “Déjenme pasar, les prometo hablar con Bush” y los maestros respetuosamente le dieron el paso. Gracias a sus películas y canciones, nos reconocernos como habitantes del noreste mexicano. Por eso, nadie como él y nadie que llene sus botas con las cuales bailaba el “Taconazo” y gritaba: “Ajúa Raza”.

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.