domingo, 22 de octubre de 2017

Los hechizos convertidos en sarapes

Antonio Guerrero Aguilar/

¿Sabían que los primeros sarapes se hicieron en Nuevo León? Cuando Martín de Zavala se hizo de la gubernatura del Nuevo Reino de León en 1626, se comprometió a fundar dos villas, propiciar la población y minería y promover la agricultura como la ganadería. Como había suficientes y buenos pastos, aguajes y suelos salitrosos, dispuso la entrada de cientos de miles de cabezas de ganado menor. El primer ganadero fue Antonio Leal procedente de Huichapan, quien trajo unos 30 mil borregos y cabras. La región se hizo tan famosa en la Nueva España, que se abrieron rutas de ganado trashumante que llegaban entre el otoño y el invierno para llevarlas a sus lugares de origen en la primavera. De acuerdo al fraile José Arlegui, en los siglos XVII Y XVIII llegaron un millón y medio de ovejas, conducidos por gente que venía de los Altos de Jalisco, Guanajuato, Querétaro, Hidalgo y Tlaxcala.

En el Valle de las Salinas (conformado por los actuales municipios de Mina, Hidalgo, Abasolo, El Carmen y Salinas Victoria), había mujeres que trabajaban muy bien el algodón. Elaboraban rebozos, cotones, sarapes y cuanto se les pedía. Decían que los productos salían caros, en especial porque no tenían en donde hacerlos. Los primeros telares llegaron en 1804. El gobernador José María Parás informaba en 1827, que los sarapes más finos y de mejor vista, eran llamados “hechizos”. En ese año se instalaron los primeros establecimientos para la elaboración de mantas. Pero dos años después las actividades estaban detenidas, debido a la preferencia y al bajo costo de lienzos de algodón que importaban del extranjero.

Pueblos como Abasolo, San Francisco de Cañas (actual Mina) y San Nicolás Hidalgo y otros más, reportaron buenas ganancias en 1832. En 1849 hacían jorongos y rebozos tan finos con hermosos colores combinados. La industria dependía de las mujeres. Ellas hilaban, teñían y tejían magníficos rebozos, jorongos, colchas, alfombras, sobremesas, manteles, servilletas, costales, cojines, ceñidores, ataderas y otras cosas. Sin valerse de telares, trabajaban con destreza la seda como el algodón y la lana. Exportaban sus productos a diversos sitios. De acuerdo a su finura, los jorongos valían de 20 a 100 pesos, los rebozos de seda 80 y los de algodón 30 pesos.

El gobernador Santiago Vidaurri informaba que se vendían muy bien en la "Feria del Saltillo" y que por esa razón, a los sarapes y jorongos (en lugar de “hechizos”) les llamaban “Saltilleros”. Había 22 talleres en el Valle de las Salinas como Sabinas Hidalgo que reportaban un costo beneficio de 11 mil pesos, con 15,300 pesos de capital, costando las máquinas y enseres 12,755 pesos y 1,920 pesos los materiales. Como era buen negocio, en 1869 el gobernador don Viviano Villarreal propuso una exención de impuestos de dos a tres años y conceder privilegios a quienes se dedicaran a éstas actividades.


En 1883 Gonzalitos se lamentaba que las féminas ya no querían tejer ni hilar: “hace más de 20 años que no tientan un malacate. Solo en Salinas y pueblos inmediatos se hallan mujeres pobres que tejen un jorongo o una servilleta. En lugar de tejer, ahora se dedican a la música, al canto, la danza o algunas a tejer o bordar con el gancho”. Pero daba constancia de la calidad de los productos hechos por artesanos. Solo en Sabinas y sus alrededores eran manufacturados por mujeres. 

Hubo un tiempo, en que no había fábricas textiles, pero las damas se pasaban hilando y formando sarapes que se vendían tan bien en Saltillo. Paradójicamente, los comenzaron a confeccionar en el Valle de las Salinas.

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.