domingo, 17 de diciembre de 2017

Los jinetes de la Acordada

Antonio Guerrero Aguilar/

La palabra “acordada” nos refiere a diversos conceptos. Puede ser una orden que dirige un despacho para que un subalterno la ejecute. Un documento que manda una oficina pública administrativa para comprobar certificaciones. Un acuerdo al que llegan dos individuos de una manera armoniosa, pero también nos remite a un tribunal medieval llamado de la Santa Hermandad que también funcionó en la Nueva España entre los siglos XVII y XVIII. Con esa fuerza pública, corregían y castigaban los crímenes en un territorio tan extenso como poco poblado. Especialmente de robos y el bandolerismo imperante en los considerados “caminos reales”, siempre intransitables por sus malas condiciones. Cuando los atrapaban, los gobernadores, alcaldes y regidores a veces no aplicaban la ley como era requerido. Como los jueces no tenían en donde encarcelarlos ni recursos para enviarlos a un penal, los dejaban en libertad.

Para terminar con los males, el virrey dispuso que se poblaran los sitios en donde los malandros tenían sus guaridas. Prohibieron a los indios y a las castas que portaran armas, pusieron a trabajar a los ociosos, establecieron los toques de queda, formaron guardias para que hicieran rondas nocturnas entre otras medidas. La Santa Hermandad, como también se le conocía al “Real Tribunal de la Acordada” comenzó el año de 1719, aunque tenemos referencias de que se habían fundado, una en 1543 y otra en 1603.

Los miembros de la Santa Hermandad se dedicaron a combatir el pillaje, detectaban a los vagos, los ponían a trabajar o mandaban a vivir en pueblos alejados. Tenían la consigna de aplicar la ley en donde los hallaran. Eran como un tribunal ambulante que formulaba juicios sumarios y ejercían la pena capital como castigo. Si no merecía la muerte, lo mandaban a un centro penitenciario en la Ciudad de México que se llamaba precisamente como “Cárcel de la Acordada”.  Los índices de criminalidad no bajaron y en consecuencia llegaron a prohibir los juegos de azar y bebidas alcohólicas, considerados como perjudiciales para la salud pública. Pobre de aquel que producía y tomaban pulque amarillo, tepache, guarapo, mistelas y aguardientes. Los vicios eran el origen del pecado y de los delitos. Pero no solamente ajusticiaban a las personas quitándole la vida, específicamente por medio de la horca en la rama de un árbol. Eran azotados, desterrados a presidios para que pelearan contra los llamados indios bárbaros o sometidos a pesadas labores.

La Santa Hermandad o “Acordada” desapareció en 1813 durante la guerra insurgente. Los guardias volvieron a aparecer gracias a un decreto del presidente Benito Juárez el 5 de mayo de 1861. Crearon cuatro cuerpos de una policía montada rural con 800 elementos, con el objetivo de cuidar las rutas comerciales, además de prevenir y aplicar justicia en los caminos que llegaban a la Ciudad de México. Eran tiempos donde consideraban que el resto de la nación era rural, agrícola, agreste, que padecía diversos problemas de inseguridad. Entonces a la nueva policía rural le llamaron de la “Acordada”, seguramente para compararla con la otra. Solamente se consideraban como “grandes ciudades” como la de México, Puebla, Guadalajara, Zacatecas, Guanajuato entre otras más, eran que pertenecían al México urbano.

Debido a la intervención francesa y al imperio de Maximiliano, los rurales debieron participar como grupos de guerrillas contra los militares extranjeros. Cuando don Porfirio llegó a la presidencia en 1876, reactivó a esa fuerza para aplacar al México “bárbaro”. Pronto se convirtieron en la sección predilecta del general Díaz, representaban la fuerza del señor presidente en los lugares más recónditos y alejados de la capital.  Es más, sirvieron como contrapeso con el ejército federal. Eran otros tiempos pero los problemas más o menos seguían siendo los mismos. Había muchos vagos dedicados a las actividades ilícitas. Las condiciones socioeconómicas lo ameritaban, pocos empleos y para rematar mal pagados. Por eso debían de resarcir o hacerse de otros recursos aunque fueran a la mala. A los gobiernos liberales les urgía dar una imagen de modernidad y de pacificación efectiva del México rural. Muchos viajeros como intelectuales vieron éstas prácticas como parte y origen del “México Bárbaro”, porque se dedicaron a perseguir y castigar a los ladrones que merodeaban los pocos caminos existentes.

Por su vestimenta y porte los vieron como el símbolo creciente del nacionalismo mexicano. Vestidos con traje de charro, sombrero de ala ancha, bolero, pantalones de cuero con botonadura de plata a los lados. Llegaron a contarse unos 3 mil efectivos que dependían de un inspector general a las órdenes directas del Ministro de Relaciones Interiores. Eran en su mayoría campesinos, artesanos y carpinteros, diestros en el uso de armas y en el buen montar. Corría el rumor de que eran bandoleros que habían sacado de la prisión para servir al régimen. Les solicitaban que fueran mayores de 20 años y menores de 50. Servían por espacio de tres años.

Decían que se hacían rurales para conseguir uniforme, montura y armas para luego convertirse en desertores. Que eran muy rebeldes, valientes, dados al juego y a la bebida. Ganaban poco, casi no cumplían con las órdenes, imponían su voluntad, se mostraban abusivos y afrentosos. Vivían en destacamentos de tres  a quince hombres. Para controlarlos, muchas veces exigieron que fueran encuartelados a las 6 de la tarde. A veces se iban de los pueblos dejando deudas en los negocios. Otras veces se controlaban los comercios del lugar. Casi no estuvieron en las zonas fronterizas, hasta la última etapa del porfiriato en que fueron enviados a Chihuahua para apaciguar los ánimos de los enemigos del señor presidente. Hubo en Monterrey un destacamento de ellos, que se dedicaban al resguardo de la ruta del tren de Laredo hasta la capital del Estado.

Rara vez apoyaron a las autoridades civiles de los estados como de los municipios en los que radicaban. Pero a veces se ponían a sus órdenes para ejecutar venganzas políticas. Para otros no fueron tan corruptos que se piensa. Al señor presidente, lo único que le importaba de ellos es su lealtad probada. Podían divertirse, quedarse donde fuera siempre y cuando se dedicaran a cuidar las vías del tren como los caminos que convergían a las principales ciudades del centro del país. En muchas regiones los vieron con temor y repulsa, pero eran muy admirados en la Ciudad de México. La prensa los exaltaba como los principales artífices de la pacificación del México bronco. Incluso se les comparó con los Rangers de Texas y los Estados Unidos cuando ocuparon Cuba en 1898, impusieron un sistema similar.

Ya con la Revolución mexicana, se dedicaron a respaldar al dictador hasta su partida. Madero los mantuvo. Para unos historiadores fue su principal error. Victoriano Huerta los quiso reformar pero no le alcanzó el tiempo, hasta que don Venustiano los desapareció en 1914. Muchos se metieron al ejército suriano de Zapata, otros a la División del Norte de Villa y no faltó quien se hiciera parte del ejército constitucionalista.


En algunas regiones sobrevivieron como cuerpos de defensa civil hasta 1947. Los conocemos más bien por su mala fama. En algunos corridos en donde se les acusa por lo despiadado con que trataban a sus víctimas, aplicando la ley fuga, les ponían una soga al cuello, los arrastraban para luego morir en ahorcados. Manuel Payno los deja mal parados en Los Bandidos de Río Frío, seguramente porque se dedicaban a reprender los movimientos disidentes, que servían a dos amos.  Para muchos, no eran respetuosos de la sociedad civil, que su estructura perdura en la policía federal. Al fin de cuentas, un cuerpo policiaco que sirvió bien a los intereses políticos de la época, que llegan a nuestro tiempo como una leyenda negra de nuestro México.

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.