domingo, 10 de diciembre de 2017

Los matachines guadalupanos

Antonio Guerrero Aguilar/

Las fiestas y procesiones en honor a la Guadalupana, comienzan a mediados de noviembre en la zona conurbada a la ciudad de Monterrey. En las llamadas peregrinaciones participan muchos contingentes de fieles devotos, que acuden hasta la basílica para pedir por la intercesión de la virgen o agradecerle un favor recibido. Las manifestaciones religiosas llevan regularmente un estandarte guadalupano y a los típicos danzantes conocidos como matachines. Según los diccionarios, matachín es quien le gusta pelear, el que mata reses o incluso el que se mete con mujeres ajenas o las roba.

Los matachines eran muy famosos en las cortes europeas del medioevo, donde presentaban las actuaciones de los llamados “mattachinsen” como les llamaban en Francia, los “matacinio” en Italia y los “moriskentänzeren” en Alemania. Matachín es una palabra cuya etimología procede de la palabra árabe “mudawajjihen”, usada para designar a los que se ponen cara a cara o los que se ponen una máscara, ya sea para bailar o hacer alguna representación. Las descripciones de aquella época presentan a los matachines como bufones que actuaban en los entremeses cortesanos, que bailaban en círculo, dando saltos y simulando combates con espadas, se ponían cascos y cascabeles, siguiendo el ritmo marcado por una flauta.

En España se hicieron famosas las danzas de matachines, conocidas como las “Danzas de Conquistao de “Moros y Cristianos”, para honrar la victoria de los reinos de Castilla y León sobre los islámicos que mantenían el control de casi la mitad de la península ibérica. Esa costumbre fue traída a México por los misioneros, quienes los usaron como un recurso didáctico para reforzar sus tareas evangelizadoras, al darse cuenta del gran apego que los indígenas tenían hacia la danza, el canto y la música.

Después los indígenas le añadieron elementos propios y característicos a los bailes como al acompañamiento musical. Tuvieron tanto éxito que las autoridades virreinales en un momento dado, prohibieron su ejecución en el interior o en los atrios de los templos, por temor a que se rebelaran; además consideraban paganas a esas manifestaciones. Esto favoreció aún más el sincretismo religioso, con la adición de nuevos elementos pertenecientes a la cultura de los pueblos originarios. Los elementos que integran la danza, también sufrieron transformaciones para adaptarse a los gustos y motivos más celebrados por los indígenas. Por ejemplo, tenían la costumbre de entrar a sus zonas ceremoniales dando saltitos. Todavía en Chalma, Estado de México, los penitentes entran bailando. De ahí viene el refrán: “Ni yendo a bailar a Chalma”. Como los españoles los llevaban a la fuerza, el viejo de la danza representa al encomendero que los amenazaba continuamente con su látigo.

La danza de los matachines que vemos en muchos sitios del noreste mexicano, llegaron del centro del país, posiblemente con los tlaxcaltecas, otomíes o nahuatlatos. A decir verdad, con los matachines se fusiona la cultura europea propia del medioevo con la prehispánica, de ahí la necesidad de preservar y difundir esta expresión de cultura popular.  Pero los matachines también bailan en honor a los patrones de nuestros pueblos. Confeccionan su vestimenta hecha con tela de colores vivos, a manera de faldas en las que ponen cartón, jarilla y carrizo. Portan huaraches en cuyas suelas llevan trozos de metal o cuero para que hagan ruido al caminar. Cada matachín debe comprar su vestimenta y demás objetos concernientes al uso del ritual. Igualmente portan en la mano derecha una sonaja que agitan constantemente, mientras que en la izquierda, a veces llevan una palmilla (especie de abanico que también puede adquirir la forma de un tridente), a la que se le cuelgan listones de colores y flores de tela o plástico.

Los grupos de matachines tienen una sólida estructura jerárquica. Cuentan con organizadores de quienes convocan a los participantes y los dirigen. Los líderes tienen el poder para amonestar a los miembros del grupo que no se ajustan a las reglas. El viejo de la danza tiene la facultad de indicar ciertos cambios en los pasos coreográficos con unos gritos. Otros dirigentes del grupo bailan con los matachines conduciendo las evoluciones, fungen como maestros de los reclutas nuevos e inexpertos, y gozan también de un gran prestigio en la comunidad. El número de miembros de un grupo de matachines varía mucho, en buena medida depende del poder de convocatoria de los organizadores.

Los instrumentos para ejecutar la música que acompaña a esta danza son el violín y la tambora. El número de músicos ejecutantes tampoco es fijo. Con el violín llevan las partes melódicas, en tanto que la tambora lleva el ritmo. A veces dan la impresión de que están llamando a una revuelta, como lo tocan allá en Sierra Mojada, Coahuila o Concepción del Oro, Zacatecas. Mientras que el sonido de las sonajas, constituye otra base rítmica que les ayuda a marcar mejor los pasos.


Una vez un cronista de la localidad me decía que seguramente esas percusiones eran de procedencia guerrera propia de los llamados indios chichimeca. Posiblemente, debemos respetar y apreciar su esfuerzo, es pesado recorrer grandes distancias y permanecer de pie o a la expectativa de cuando comenzar una danza. Yo los veo como aquellos que nos anuncian el fervor y al cariño a la virgen morena del Tepeyac. 

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.