domingo, 7 de enero de 2018

La plaza Zaragoza de mi lindo Monterrey

Antonio Guerrero Aguilar/


Diego de Montemayor eligió como asiento de la Ciudad Metropolitana de Nuestra Señora de Monterrey, a un paraje situado entre los manantiales y arroyos que integraban el Santa Lucía en 1596, más o menos donde ahora está el templo del Sagrado Corazón de Jesús, entre 5 y 15 de Mayo, Zaragoza y Escobedo. En 1611 la ciudad (la imagino más bien como un campamento de jacales y chozas), fue arrasada por una inundación. El fundador murió en abril de ese año, por lo que don Diego Rodríguez el Justicia Mayor, trasladó a la población hacia un lugar más seguro; unos terrenos delimitados al norte por los ojos de agua y al sur por el río Santa Catarina. Fue cuando trazaron un centro para la nueva población, conocida como la Plaza de Armas, porque en ella pasaban revista de armas a los vecinos cada 25 de julio y 25 de noviembre, en los días dedicados al apóstol Santiago y a la virgen y mártir de Santa Catarina de Alejandría.


Para mediados del siglo XIX, la plaza era propiamente una explanada. Donde ahora está el casino, había un mesón y en sus alrededores unas construcciones que servían como negocios o casas habitación. De ahí que las autoridades municipales como del estado se preocuparon por embellecer el corazón cívico y político de Monterrey: nivelaron el terreno, colocaron bancas de sillares, jardines con árboles, andadores y se mandó hacer una fuente que inauguró el entonces gobernador Santiago Vidaurri el 2 de febrero de 1864. Durante la ceremonia guardaron en una caja de mármol, algunos documentos relevantes como una copia del acta de fundación de Monterrey, la Constitución de 1857, un retrato de Vidaurri y otras cosas más que luego dejaron en un sitio bajo tierra. La llamada fuente de los delfines se hizo con mármol extraído del cerro de las Mitras, fue iniciada por Juan Raimundo Lozes y terminada por el escultor de origen italiano Mateo Matei.  Estuvo ahí hasta 1894 cuando fue trasladada a la plaza de la Purísima.


El 5 de mayo de 1864, a la plaza se le  impuso el nombre de Ignacio Zaragoza, para celebrar el segundo aniversario de la heroica batalla de Puebla, siendo gobernador y comandante militar de Nuevo León Jesús María Benítez. Como testigo de honor, estuvo Benito Juárez acompañado por su gabinete. Dicen que fue una forma de venganza política contra Vidaurri, que no tenía una relación cordial con Zaragoza al no quedarse a sus órdenes. Tres años después, la plaza Zaragoza fue convertida en un jardín con bancas de sillar de acuerdo a los lineamientos del imperio. El alumbrado dependía de lámparas de petróleo y la fuente de los delfines engalanaba todo el conjunto. Para 1874,  los jardines de la plaza estaban mejor trazados y en ellos ya estaban plantados algunos árboles.

Para el Monterrey de antaño, la plaza Zaragoza era la típica de pueblo, con aires románticos y nostálgicos para quienes acudieron a ella durante la segunda mitad del siglo XIX y la primera mitad del XX. Había serenatas en un  kiosco metálico instalado en el centro. Las personas salían a descansar y tomar el fresco durante los veranos calurosos. Los jóvenes y señoritas daban la vuelta en sentido contrario con la intención de verse y luego conocerse. Durante muchos años, el reloj de la catedral marcaba visualmente el tiempo de la ciudad y la fundidora con su silbato, anunciaba los turnos para iniciar el día y retirarse a descansar. De acuerdo a testimonios de la época, a principios del siglo XX, la plaza estaba repleta de árboles y bancas metálicas. Al sur de la plaza Zaragoza había una serie de edificios antiguos, que fueron destruidos para hacer una ampliación en tiempos de la gubernatura de Ignacio Morones Prieto entre 1949 y 1952. En 1933 construyeron el Círculo Mercantil Mutualista de Monterrey en la esquina de Ocampo y Zaragoza. Siendo alcalde Rafael González Montemayor, (1958-1960) la plaza Zaragoza se amplió hasta Constitución. 

Para conmemorar el centenario de la batalla de Puebla, el 5 de mayo de 1962 colocaron una escultura en honor de Ignacio Zaragoza, obra del reconocido escultor Ignacio Asúnsolo. En 1971 se hicieron obras de embellecimiento y encontraron la urna que habían dejado desde tiempos de Vidaurri. Siendo alcalde Leopoldo González Sáenz entre 1974 y 1976,  se tomó la decisión de construir una nueva sede para el gobierno municipal, con un palacio al que llamaron de cristal por la abundancia de éstos en sus ventanas. Fue cuando la plaza Zaragoza quedó rodeada al sur con el nuevo palacio, al norte con la calle de Corregidora, al este con la catedral y al oeste con el condominio Acero, mientras que al antiguo palacio lo convirtieron en oficinas para asuntos legales.


En 1981 comenzaron los trabajos de la llamada Gran Plaza, la cual comprende una superficie de 40 hectáreas, limitada al norte por la calle de Washington y al sur por la avenida Constitución. En esa extensión quedaron los dos palacios: al sur el municipal de Monterrey y al norte el gobierno del estado y el edificio de correos, junto con las dos plazas, la Zaragoza y la ahora llamada explanada de los Héroes. A lo largo de 400 años, la plaza Zaragoza ha sido testigo de la llegada de gobernadores y alcaldes. Aquí juró la independencia Mariano Jiménez en enero de 1811. En junio de 1813 los insurgentes la asaltaron y en septiembre de 1846 los norteamericanos se apoderaron de ella. Cuatro siglos de ser el corazón de Monterrey y de Nuevo León. Pero sobre todo, por la plaza Zaragoza, los domingos se pasean las muchachas más hermosas de mi lindo Monterrey.

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.