domingo, 4 de febrero de 2018

Señales y eclipses en el cielo

Antonio Guerrero Aguilar/

Eclipse es una palabra de origen griego que significa literalmente abandono. Un eclipse de Sol indica una desaparición gradual y momentánea de luz. Para los antiguos, se trataba de un evento dramático, de mal augurio que anunciaba calamidades y sucesos funestos. Algunas culturas de la antigüedad, consideran que con los eclipses terminan ciclos y dan por inicio a otros. Por ejemplo, en la Biblia después de un eclipse seguían los terremotos. Eran provocados por los profetas para detener rivalidades y enfrentamientos.

Allá en Lampazos han visto la aurora boreal en al menos tres ocasiones: 1789, 1833 y 1859. No se tienen las fechas exactas, solo están las referencias en los libros de la parroquia. El responsable del templo de San Juan Bautista, describe como una gran columna de fuego rojizo se aparece en el cielo, con unas ráfagas blancas en dirección perpendicular por el horizonte, desde el norte hasta el oriente, que de pronto se tornan en color amarillo, que parecía como si hubiera lumbre en el cielo durante cuatro noches. La aurora boreal se puede apreciar muy al norte, y rara vez se puedan ver en los trópicos. Los vecinos del lugar los relacionaban con calamidades. Cada vez que ocurría el fenómeno, se referían al mismo como El “año de la lumbre”.

Los pueblos prehispánicos creían que durante un eclipse, la Luna se come el Sol, obscureciendo por unos momentos al cielo. La Luna era considerada como hermana, esposa o compañera del Sol e integrante fundamental del ámbito femenino y telúrico en la cosmovisión mesoamericana. Todo lo contrario para el astro rey. Genera vida, representa a la máxima deidad y rige la vida de los mortales. La observación de las posiciones del Sol se encuentra registradas en los grandes centros ceremoniales como en nuestras zonas arqueológicas. 

Para los antiguos y primitivos pobladores, el Sol es una parte fundamental de sus concepciones cosmológicas y religiosas. Entendieron además su importancia en la regulación del ciclo de lluvias y secas y regeneración de la vida;  mantenían un calendario de base solar, así como a la observación y registro de las fechas en que el astro luminoso alcanzaba las posiciones solsticiales, equinocciales, pasos cenitales locales como cuando la Luna se atraviesa sobre el Sol y la Tierra sobre la Luna. 

Los hombres de la Gran Chichimeca adoraban al Sol. Les daba calor, regeneraba la vida en los montes, su ciclo propiciaba la vida, ahuyentaba los malos espíritus, la humedad y los fríos que mantenían dormida a la naturaleza. Siempre como algo seguro, seguía un camino desde el oriente al poniente. De un lado nacía y de otro parecía morir para resurgir con una nueva vitalidad. A veces se asomaba por entre las montañas y como liturgia pretendían detenerlo, cazándolo con sus flechas. La prueba es ahí está en el escudo de la Ciudad de Monterrey, el indio flechando al Sol como actitud reverencial. Pero de pronto algo pasaba, perdía luminosidad o pensaban que se detenía. Una fuerza sobrenatural lo escondía en su sombra y por unos instantes ya no estaba. Los animales y las plantas presentían su ausencia: los pájaros duermen, todo se pone en penumbra. Sentían temor durante unos momentos; de nueva cuenta continuaba su marcha. Para que sucediera la misma situación debían pasar muchas lunas e inundaciones. Por eso lo inmortalizaron en las piedras. Solo así el astro rey aseguraba su permanencia entre la tribu.

Las crónicas registran eclipses en 1611, el 23 de agosto de 1691 y el 25 de marzo de 1857. Respecto al del 28 de mayo de 1900, el Ministerio de Fomento de la presidencia de don Porfirio Díaz, organizó dos comisiones; una dirigida por Felipe Valle, director del Observatorio Astronómico Nacional y otra a cargo de Manuel Pastrana, titular del Meteorológico Nacional. El primero acudió a San Juan Nepomuceno, a un kilómetro de la Hacienda de San Buena Ventura de Saltillo y el segundo a Montemorelos. Asistieron ingenieros militares y cadetes del Heroico Colegio y reportaron que bajó la temperatura, todo se puso en penumbra y los animalitos se fueron a dormir. Cuando todo se obscureció, el público dio muestras de júbilo mientras las comisiones científicas hacían sus anotaciones. Dicen que fue cuando amaneció dos veces: poco antes de la 6 de la mañana y otra vez a las 7. Yo recuerdo el 7 de marzo de 1970 y el del 11 de julio de 1991. El 25 de febrero de 1998, un Miércoles de Ceniza,  el cielo se puso rojo y al día siguiente ocurrió un eclipse pero no fue considerado como total.


Dicen que cada 33 años los planetas vuelven a alinearse. Con los eclipses podemos maravillarnos con las señales del Universo que se manifiesta a través de distintas formas, como lo son las constelaciones, las lluvias de estrellas, la aparición de cometas y eclipses. Gracias a los eclipses, observamos y aprendemos sobre la atmósfera del Sol, su corona y su luminosidad. Y para que ocurran en el mismo sitio pueden pasar muchos años. De ahí el asombro que nos dejan.

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.