domingo, 27 de mayo de 2018

De Cuba y el noreste


Antonio Guerrero Aguilar/

Las relaciones políticas y sociales entre México y Cuba son muy antiguas. Los primeros contactos se remontan a las exploraciones marítimas que hicieron los navegantes por las costas de la península de Yucatán desde principios del siglo XVI. Precisamente desde la isla se consolidó una serie de intercambios comerciales y contactos que unieron a diversos puertos en el Golfo de México, como Veracruz, Tampico, Soto La Marina, Matamoros, Corpus Christi, Galveston, Nueva Orleans y la Florida. En éstos apuntes, les voy a presentar algunas cosas que nos hacen mantener cercanía con Cuba. Aclaro que no lo hago por simpatizar con el régimen, solo con afán de develar algunos aspectos de una historia compartida entre Cuba y el noreste mexicano.

Por ejemplo, la expedición de Álvar Núñez Cabeza de Vaca salió de Cuba en 1528, buscando la famosa “fuente de la eterna juventud que decían estaba entre el río de las Palmas y la Florida, lo cual los hizo recorrer durante ocho años algunos puntos de Texas, el río Bravo y algunas porciones de lo que actualmente pertenecen a Nuevo León y Coahuila. 

Precisamente el llamado río de las Palmas, lo confundieron con el río Pánuco, el río Santa Catarina y el Bravo o Grande del Norte. Platicaba don Israel Cavazos que aquellos hombres pasaron por territorio perteneciente a Cerralvo. Alonso de León escribió que en agosto de 1643 salieron de Cerralvo rumbo a las salinas de San Lorenzo. Como guía e intérprete iba Martinillo de la nación Cataara quien le contó que a lo lejos, en donde estaba un bosquecillo había un manantial con mucha vegetación en sus alrededores, entre la que menciona crecía el trigo de Castilla. Ahí estaban las huellas de los pies de una persona de buen aspecto que llegaba y les hablaba de cosas buenas. Se iba y llegaba un indígena muy feo que les advertía que no le hicieran caso por ser un embustero. El personaje regresó pero ya no lo trataron bien y desapareció. Lamentablemente no fueron a buscar aquel sitio que Martinillo les describió.

Las dos estrofas con las que comienza la popular canción cubana de Guantanamera pertenecen a unos versos de José Martí publicados en 1891: “Yo soy un hombre sincero/ de donde crece la palma/ y antes de morirme quiero/ echar mis versos del alma”. Cuando Cristóbal Colón vio a Cuba, escribió en su diario de navegación “habia gran cantidad de palmas...que vían pinales”. En esa isla hay como cien especies de palmas, de las cuales 90 son endémicas. En Nuevo León tenemos siete palmas nativas: la “Brahea berlandierii” y la “Brahea decumbens”, la palma “Chamal”, la “Sabal mexicana” conocida como palmito, la palma “samandoca”, la Pita y la Palmilla, que se pueden ver lo mismo en los montes, los desiertos, los bosques, los acantilados y las cumbres de nuestras montañas.

¿Sabían Ustedes que muchos chichimecas norestenses llegaron a Cuba? La gente de allá viene de un mestizaje muy rico, de los colonizadores españoles como portugueses, así como de los indios nativos, de los esclavos africanos como de indígenas mexicanos. La segunda estrofa de Guantanamera lo canta: “Yo vengo de todas partes/ y hacia todas partes voy. Arte soy entre las artes, y en los montes, monte soy”. Al arrancar el siglo XVIII, las rancherías de cocoyomes, chisos y coahuileños, se levantaron en armas contra las provincias de la Nueva Vizcaya, Coahuila y el Nuevo Reino de León.

En 1774 las autoridades de las provincias septentrionales de la Nueva España, alertaron de la bravura y peligrosidad de los apaches, lipanes y chichimecos. Muchos de ellos fueron capturados y deportados a Cuba, con el propósito de proteger la frontera norte de los peligros que representaban los llamados indios bárbaros,  así como de los vecinos franceses de la Luisiana. En la isla necesitaban mano de obra para las fortificaciones y edificios públicos como para las plantaciones de caña de azúcar. A los indígenas mayores de ocho años, los expulsaban de sus tierras, mientras que a los menores los destinaban a las guarniciones militares, a las misiones, o al servicio doméstico de los militares, religiosos y funcionarios de la época. Los mandaron en colleras (amarrados unos a otros en los cuellos y en los pies) hasta San Luis Potosí, de ahí a la Ciudad de México para finalmente trasladarlos al puerto de Veracruz en donde fueron embarcados rumbo a las Antillas. Los llevaban lo más lejos que se pudiera para que no regresaran.  

Pero los apaches y chichimecos esclavizados se levantaron en armas, usando su método de guerrear que tanto éxito les dio en las montañas y planicies del norte novohispano. Un informe de la época los describe como “una gente muy feroz, incapaz de domesticarse y dispuesta a profugar en la primera ocasión, [… incluso los ubicados en…] las casas en las que se les reparte para esconderse en los montes escabros de donde después salen armados con flechas a ejercer en los inmediatos poblados toda suerte de crueldades, robos y asesinatos”.

Como se advierte, ocasionaron problemas en Cuba debido a los maltratos a los que fueron expuestos. Los insurrectos huyeron rumbo a las serranías, en donde convivían con los esclavos de origen africano. Formaban “palenques”, así llamaban a los sitios en donde vivían unos y otros y decidían los ataques contra el régimen. Eran lugares seguros y estratégicos para realizar sus incursiones a las haciendas y los ingenios azucareros, para procurarse de alimentos, armas y otros enseres necesarios. Por cierto, las autoridades cubanas llamaban “guachinangos” a los mestizos e indígenas rebeldes novohispanos. En Cuba aún llaman así a los astutos y zalameros. Es una palabra de origen náhuatl que designa a un punto con cerco de madera, como también para designar a un tipo de pez rojo parecido al chile de árbol.

Muchos cubanos llegaron al noreste mexicano. Por el poder político que ostentaron voy a consignarles dos: uno de ellos es Antonio Elosúa (1782-1833), originario de Matanzas, llegó a la Nueva España en 1802 y para 1814 estaba en Monterrey a las órdenes de Joaquín de Arredondo y peleó contra los insurgentes tanto en Texas como en Nuevo Reino de León. Fue gobernador de Coahuila entre 1820 y 1822, diputado en el primer Congreso Constituyente en 1824 y falleció en San Antonio de Béjar, Texas. Sus restos fueron inhumados en la misión de El Álamo.

Entre 1853 y 1854, Nuevo León tuvo un gobernador de origen cubano llamado Pedro Ampudia, que nació en La Habana en 1805 y murió en 1868 en la Ciudad de México. Llegó con el regimiento que acompañaba a Juan de O´donojú. Estuvo en el sitio de El Álamo en 1836 y se quedó en la región para servir en la comandancia militar que tenía su sede en Matamoros. Enfrentó el movimiento federalista y luego separatista de Antonio Canales de 1839 a 1840, derrotó a la expedición de los texanos en Mier en 1842 y dispuso la defensa de Monterrey durante la invasión del ejército de los Estados Unidos en 1846.

La “Guantenamera” tiene unos versos, los más evocadores a mí parecer: “Con los pobres de la tierra/, quiero yo mi suerte echar./ El arroyo de la sierra, / me complace más que el mar”. Muchos de los indígenas que llevaron a Cuba pertenecían del paraje de las Higueras, allá por el rumbo del Camaján, nombre original de la Sierra de Picachos. Es curioso, pero en Cuba, un “camaján” es una persona agarrada, fijada como alevosa. Cuando Santiago Vidaurri fue gobernador de Nuevo León y Coahuila de 1856 a 1864, tenía la caballada del Ejército del Norte por el rumbo de Marín e Higueras, al cuidado del teniente Ruperto Martínez. Cruzaban caballos con burras y burros con yeguas, luego los machos y las mulas eran vendidos a Cuba. Las gentes de dichos lares conocieron la isla. Salían por Matamoros y de ahí a La Habana. De regreso traían conchas con las que hacían botones para los vestidos y otros objetos que aquí no se conocían. Un cubano vino a mi pueblo. Juan Pérez de la Cruz se casó en Santa Catarina con una tatarabuela. Por eso cada vez que oigo esos versos inmediatamente recuerdo a la Sierra de Picachos.

De acuerdo a una tradición oral, Fidel Castro vivió en Monterrey durante 1952. Y hasta ponen una fotografía como prueba. Dicen que se dedicaba a tomar fotos en la Calzada Madero y se hospedaba en un departamento situado en la esquina de Isaac Garza y Zaragoza; que frecuentaba tres bares para beber cerveza y probar la rica botana en La Favorita, El Aviador y el Lontananza. Al no tener suficiente dinero,  acudía para alimentar de los platillos que les daban a los parroquianos. Pero a decir del maestro Héctor Jaime Treviño, Fidel Castro solo estuvo una ocasión y tan solo de paso. El 1 de septiembre de 1956, Fidel Castro llegó al Hotel Casino de Montemorelos para comer. Procedentes de la Ciudad de México, pidieron hospedaje en el lugar, pero como estaba repleto de huéspedes siguieron de largo hasta Reynosa en donde cruzó a nado el río Bravo, para tener una entrevista con opositores al régimen de Batista en Mc Allen.

Castro volvió a Monterrey a la cumbre iberoamericana que se desarrolló en el año 2002, ya con 43 años como presidente de la isla. Esa visita será recordada  por la frase “comes y te vas”, dicha por el entonces presidente, Vicente Fox para evitar tensiones entre él y su homólogo George Bush, quien también llegó a la reunión cuando Fidel se fue con su comitiva.

Termino estos apuntes con ésta frase: “No me pongan en lo oscuro/ a morir como un traidor/ yo soy bueno y como bueno/ moriré de cara al sol, te lo digo yo”. ¡Qué viva mi Cubita linda!

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.