lunes, 11 de junio de 2018

La tercera raíz: presencia y legado en el ámbito regional

Antonio Guerrero Aguilar/

Regularmente pensamos que el mexicano desciende de un mestizaje, en el cual solamente intervienen los pobladores ibéricos y los indígenas. A decir verdad, México presenta una rica y variada cultura derivada de la unión de distintas razas, por eso don José Vasconcelos hacía referencia a la “raza cósmica” del mexicano, porque aquí participaron las etnias tan diversas como importantes. Los españoles y portugueses que llegaron tienen orígenes celtas, ibéricos, fenicios, judíos, griegos, romanos, visigodos y de bereberes del Magreb occidental africano.

Cuando arribaron los colonizadores, encontraron cientos de miles de indígenas. Alguna vez leí que había unos 200 grupos étnicos, de los cuales hoy quedan unos 67. Muchos de ellos no resistieron el rudo trabajo al que fueron sometidos, otro tanto comenzó a morir por enfermedades que no conocían. Para solucionar la demanda de mano de obra, sacaron cerca de 15 millones de esclavos africanos procedentes del Golfo de Guinea. Pasaron por Cuba y de ahí fueron repartidos por varios puntos de nuestro continente para dedicarse al trabajo en las minas y las plantaciones de algodón, tabaco, café y caña de azúcar. Llegaron a la región costera del Golfo de México y del Pacífico sur, en los actuales estados de Veracruz, Oaxaca y Guerrero donde aún existen pueblos en los que habitan.

Los españoles los vieron como una raza inferior y salvaje, mientras que los indígenas como una raza maldita, con creencias y ritos muy extraños. Cuentan que venían encuerados y los vistieron como los indios. Los que podían escapar, eran llamados “cimarrones”, por los animales que habitaban en lugares inhóspitos como alejados en las sierras, en donde formaban sus palenques. Muchos de los pequeños tenían un solo nombre o el apellido de la madre porque no sabían quién era el papá. 

Gradualmente comenzaron a mezclarse  con españoles e indígenas, formando las conocidas castas. Del afromestizaje salieron los mulatos (españoles con negra) zambos (indio con negra), el zambo prieto (negro con zamba), el morisco (hijo de mulata con blanco), un albino (español con morisca), el “salta pa´atrás” (hijo de albino con blanca), el chino (de mulato con india), el negro cambujo (chino con india), el lobo (hijo del “salta pa´tras” con mulato), el jíbaro (lobo con china), el albarazado (de jíbaro con mulata), otro cambujo (de albarazado con negra), un sambaigo (cambujo con india), un campalulato (de sambaigo con loba), un “tente en el aire” (de campamulato con cambuja), un “no te entiendo” (de “tente en el aire” con mulata) y el “tornatrás”, (hijo de “tente en el aire” con mulata).

La Constitución de 1857 desapareció el sistema de castas, pero los grupos étnicos siguieron mezclándose hasta crear una extraña y compleja conformación del mexicano. Cada casta tenía su modo de vida y se caracterizaba por su vestimenta, comida y pertenencia e identidad con el grupo. Solo podían casarse entre sí, hasta que pudieron casarse con miembros de otros grupos.

Contrario a lo que se cree, también llegaron sirvientes africanos a éstos puntos. Recuerden que Luis Carvajal y de la Cueva vivió por 13 años en las islas de Cabo Verde, dedicándose a la compra y venta de esclavos. De acuerdo con el historiador Carlos Manuel Valdés Dávila, los hubo en el Saltillo y Monterrey desde principios del siglo XVII, al servicio de funcionarios, terratenientes y hasta de los curas que se beneficiaban de las labores del campo. En aquel tiempo, quienes tenían un esclavo era signo de prosperidad y posición social. Es más, muchos pobladores tuvieron relaciones con mujeres de origen africano y llegaron a tener dos familias en la misma casa. Y es que algo tenían las “prietas” o morenas que las criollas no tenían. Digo, con todo respeto.

Los vemos en registros parroquiales en donde fueron bautizados, casados y enterrados. El historiador César Salinas los ubica desde 1608, mientras que el padre Pedro Gómez Danés, quien fuera el párroco y cronista de Iturbide por muchos años, encontró que vivían en muchas de las misiones y haciendas del sur del Nuevo Reino de León. No sé si tengan algo que ver con una nación de “indios negritos” que iban y venían desde el Río Blanco hasta Matehuala. Luego llegaron como pastores de los ganados trashumantes y otro tanto llegó a fines del siglo XVII con la bonanza en reales de minas como Boca de Leones, Sabinas, Vallecillo y Lampazos. 

Aquellos que venían “arriando” los ganados, a veces se portaban muy mal con los indígenas chichimecas, provocando rebeliones y levantamientos en los siglos XVII como XVIII. Los afrodescendientes eran considerados aptos para el rudo trabajo, fuertes como dóciles. Las mujeres se quedaban al servicio de la casa, en el cuidado de los hijos como en la preparación de los alimentos. Luego fueron ocupados en los obrajes tan famosos en el Valle de las Salinas en el siglo XVIII.


De acuerdo a un Oidor de la Nueva España, supuestamente para 1783; el 50 por ciento de la población en Monterrey eran negros recién traídos de África; el 15 por ciento Lobos (indio y negro); el otro 15 por ciento Mulatos (blanco y negro); otro 15 por ciento eran Blancos y 5 por ciento Indios. 

En el siglo XIX hubo una segunda oleada de migrantes de origen africano. Por seguridad, el gobierno de los Estados Unidos confinó a muchas tribus en Oklahoma, llamando al camino que los conducía como la “ruta de las lágrimas”. Allá coincidieron tres de ellas al ponerse de acuerdo para salir del territorio norteamericano y buscar nuevas tierras en donde asentarse. De Florida llegaron los “Seminoles” que ya estaban mezclados con africanos y los negros libres también llamados “mascogos”. Precisamente para defenderse de los continuos ataques que padecían de parte de los norteamericanos, franceses y las belicosas tribus, hicieron alianza con los kikapús que originalmente vivieron en la región de los grandes lagos.

Después de los Tratados de Guadalupe Hidalgo en 1848, el presidente Joaquín de Herrera decidió proteger y poblar la frontera norte con las denominadas “Colonias Militares”, que terminaron con el sistema de presidios existentes en todo el septentrión novohispano. Para 1848, los tres grandes jefes, Gato Montés de los “Seminoles”, John Horse (Juan Caballo) de los “Mascogos” y Papikua (el primero que voló), jefe de los kikapús, buscaron un acuerdo con las autoridades mexicanas para establecerse y apoyar la defensa de las incursiones de los comanches, apaches y lipanes, así como el filibusterismo de los texanos que venían a robar ganado y a molestar las poblaciones del norte de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas. Solo podían ingresar por el norte de Coahuila con mucha precaución, porque Eagle Pass frente a Piedras Negras, se convirtió en un sitio donde se compraban y vendían esclavos fugitivos de las plantaciones de algodón y tabaco de la Louisiana y Texas que intentaban pasar a territorio mexicano.

Con muchos riesgos y peligros atravesaron Texas para llegar al Distrito del Río Grande de Coahuila en 1850. El jefe de las colonias militares de Oriente, les consiguió cuatro sitios de ganado propiedad de Jacobo Sánchez Navarro, que al principio se negó en deshacerse de los terrenos de su hacienda llamada El Nacimiento en el Valle de Santa Rosa de Múzquiz. En 1852 el gobierno mexicano les entregó unas 7 mil hectáreas, que fueron repartidas para las tareas agrícolas. Para 1870, John Horse y muchos de los mascogos regresaron a los Estados Unidos para establecerse en Fort Duncan, Texas. Pero se quedaron los mascogos y kikapús allá en El Nacimiento. Los primeros se casaron con la gente de los alrededores, pero aún cantan el kapeyuye (canto a capela que parece soul), comen pescado seco, miel, aceite de oso, el Suske (atole de maíz), tetapún (pan de camote), empanadas de calabaza o piloncillo cocidos en acero y pan de mortero. De aquellos pioneros, quedan las danzas y la vestimenta de las mujeres mayores que usan faldas con bolitas blancas, delantal y pañoleta.

Como se advierte, la tercera raíz está presente en nuestros pueblos. Un constructor del templo parroquial de Monterrey en la segunda mitad del siglo XVII se llamaba Juan de Montalvo y era mulato, casado con una muchacha de apellido Zambrano. Los Maltos de Múzquiz también son descendientes de ellos. No solamente hubo personas muy güeras debido a la endogamia. Se mezclaron tanto que dejaron la conformación étnica del habitante del noreste. Es raro ver en fotografías de nuestros pueblos, a personas morenas o “prietas” como les decimos. Incluso en el siglo XIX andaba un pastor que decían era africano allá en Higueras, llamado Juan Broom. Vivían en cuartos redondos o de estructura cilíndrica. Y es común encontrar personas albinas en nuestros pueblos.

A decir verdad, no nos gusta reconocer que venimos de ellos. Somos morenos o “prietos” por el color de nuestra piel, con labios gruesos, pelo chino, la nariz achatada y los ojos claros. Ese legado se hace evidente por los aspectos culturales de la raza. Somos bullangueros, alegres, nos gusta cantar y bailar. Somos sociables, amigables, aptos para el deporte. Expresivos y francos porque nos gusta decir lo que sentimos. De buen carácter; buen gusto para vestir; alegría y amabilidad y capacidad de soportar climas difíciles.

No es malo decir negros, más bien depende de la forma como se diga. Pero la negritud también la expresamos en la música como la cumbia, la música tropical, los huapangos, la rumba, la samba y los sones. Los cantos a capela y la manera de responder de un grupo como si fuera una porra. Posiblemente el canto cardenche esté relacionado con ellos. Nos gustan las percusiones, tocamos las palmas y los golpes de la mano en la mesa. Los esclavos tocaban el yunque, cuando aún llevaban cadenas alrededor de una fogata cuando hacían sus reuniones, así como del güiro, el tambor, los cascabeles, la matraca y hasta la quijada de burro.  Con ese toque hacían cadencia y marcaban el ritmo de su canto como del baile. La religión animista y la manera de hacer daño a alguien con una muñeca.

Aunque para muchos, los negros en México no tienen presencia en la historia nacional. Pero se nos olvida que Morelos, Vicente Guerrero y Juan Álvarez eran afromestizos. Y aquí nosotros también somos descendientes de ellos.

Ellos festejan el 19 de junio como día especial, cuando en 1850 se supieron que eran libres.

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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.