domingo, 3 de junio de 2018

Las resolanas y los calorones en el noreste

Antonio Guerrero Aguilar/

Estos calorones tan inclementes. Posiblemente los hemos padecido desde antes, pero ahora los sentimos más extremos por la falta de sitios arbolados y la ampliación de las manchas de concreto y el uso de materiales nada benignos como el vidrio, el acero, aluminio y el cemento. Que si Monclova es la ciudad más propensa a tener un clima elevado. A decir verdad Acuña, Piedra Negras, Allende, Cuatro Ciénegas, Lampazos, Sabinas, Nuevo Laredo, Reynosa, Camargo y Monterrey no se quedan atrás. Es más, hasta el regionalismo sale a relucir: "¡es que el calor es distinto, en Torreón es más seco y en Monterrey es húmedo!". Lo cierto es que desde abril a octubre tenemos temperaturas elevadas. ¿Qué hacían los antiguos para mitigar “la calor”? Muros aborregados en las fachadas, paredes y techos más altos, pocas ventanas, uso de sillar, adobe y piedra que son más térmicos. Al pardear, la gente sacaba sus sillas y mecedoras para estar en la banqueta plática y plática hasta la hora de acostarse a dormir. O tendían una cobija en el patio o inclusive en el techo para dormir. En algunos pueblos, acostumbran mojar el colchón en donde duermen como una forma de moderar la temperatura.

Los climas templados desaparecen desde mediados de abril y el Sol radiante se muestra en todo su esplendor desde el 24 de junio. Como ya lo saben, el verano es una de las cuatro estaciones del año, previa al otoño y anterior a la primavera, conocido también como estío. Este comprende del 20 o 21 de junio y se extiende hasta el 20 o 21 de septiembre. Se caracteriza por las altas temperaturas y a la poca probabilidad de lluvias. Dentro del verano hay una etapa llamada popularmente como “canícula” en la cual se vive un calor más sofocante e intenso, conocida igualmente como sequía intraestival. El nombre de la canícula tiene que ver con un fenómeno que se origina en el hemisferio norte, al cual podemos situar entre el 14 de julio y el 24 de agosto de cada año.  Es cuando el Sol sale alineado o en conjunción con la estrella Sirio correspondiente a la constelación del Can Mayor.

Conviene advertir que la temporada de más calor o frío en un determinado lugar de nuestro planeta, no depende de que estemos más cerca o más lejos del Sol. Más bien depende de la inclinación del eje terrestre respecto al Sol. El hemisferio norte de la Tierra no se calienta súbitamente, sino que el calor se acumula gradualmente y por eso los días de julio y agosto son más calientes. Especialmente en éstos tiempos en donde se habla del efecto invernadero o sobrecalentamiento global. También hay que ver que el régimen térmico depende de la altitud y de la latitud del lugar.


En realidad no existe ningún evento astronómico o físico que marque el inicio o el final de la canícula. Según la tradición y la creencia popular, si llueve al inicio de la canícula, entonces los calorones se sentirán menos. Si no hay lluvia en la canícula, el calor se sentirá más. Pero también es cuando inesperadamente ocurren los famosos chubascos que se forman aunque no estén pronosticados. Los antiguos decían que cualquier herida, la extracción de una muela o lastimadura, son más difíciles de sanar en éste período. Es curioso, pero comparamos el calor de las altas temperaturas con el carácter de los perros, pues regularmente en la canícula los perros pueden adquirir la rabia. Y así, para muchos nuevoleoneses, el calorón es más "perro" y "feroz" que antes, de tal manera que las altas temperaturas proponen una cultura y moldean costumbres tanto en el campo como en la ciudad.



En este periodo vivimos una temporada de estío o estiaje, correspondiente al período de aguas bajas. El estiaje de un río no depende solamente de la escasez de precipitaciones, también se debe a la radiación solar más intensa y en consecuencia al mayor potencial de evapotranspiración de las plantas y de la evaporación más intensa de los cursos de agua. Puede ser causado por sequía, la falta de lluvias y el calentamiento global.


Dicen que el clima de Monterrey es estable: siempre está de la fregada. Esto no es nuevo. En 1932,  Alfonso Reyes en su poema “El Sol de Monterrey” recordaba los calorones de Monterrey: No cabe duda: de niño, a mí me seguía el sol, Andaba detrás de mí como perrito faldero; despeinado y dulce, claro y amarillo: ese sol con sueño que sigue a los niños".  En la región noreste siempre hemos estado expuestos a calorones. Por ejemplo, el general Bernardo Reyes siendo gobernador de Nuevo León, sufría y batallaba con las inclemencias del tiempo a tal grado de que propuso la construcción de una serie de casas en la cima del cerro del  Caído y luego llamado del Mirador, precisamente por la posibilidad de ver todo el entorno desde ahí. En 1909 decidió pasar el verano en Galeana, un sitio con un clima más templado. Fue cuando Monterrey, Santa Catarina, Guadalupe y otros municipios sufrieron los embates de las fuertes lluvias ocurridas entre agosto y septiembre de ese año.

Pero antes se sentía un calor distinto. O al menos no se sentía tan intenso. Les pongo unos ejemplos. La diócesis de Linares nunca estuvo en realidad en Linares, pues en 1779 su primer obispo, fray Antonio de Jesús Sacedón falleció al poco tiempo de arribar. Su sucesor, fray Rafael José Verger prefirió el clima de Monterrey al de Linares y hasta 1922, la diócesis y luego arquidiócesis se llamó de Linares aunque su sede estaba en Monterrey. O cuando en 1836, el aspirante a médico, José Eleuterio González llegó a Monterrey con fray Gabriel Jiménez. Ambos venían de San Luis Potosí y le recomendaron al religioso se trasladara a Monterrey porque sus médicos le advirtieron tenía un clima más sano y confortable.  Pero eran otros tiempos: no había tanta aglomeración de la población, ni pavimento ni automóviles y había agua suficiente para todos, con arboledas muy hermosas y muchos espacios abiertos. En cierta forma eso mitigaba el calor.


Es raro, pero si vemos fotografías de aquella época, veremos a los hombres y mujeres con ropa propia de invierno, aun y cuando estuvieran en plena primavera y verano. No conocían las bebidas frías, mucho menos el hielo y los ventiladores. Y a eso se acostumbraron. Las casas eran más térmicas y guardaban el calor en el invierno y eran frescas en el verano. Ahora nosotros no aguantamos el calor. Y vaya que hay regiones en donde se siente más, como la de Monclova y el norte de Coahuila, Nuevo León y Tamaulipas en donde las temperaturas en estos tiempos pueden alcanzar hasta los 45 grados. Y no se diga en aquellos sitios ubicados en los llanos inclinados al Golfo.  

Pero de que tenemos un clima estable, eso que ni qué. Siempre está de fregada. O hace frío o hace calor. Pero hay que reconocer nuestro proceder, lo estamos provocando al dañar nuestras montañas y dañando los ríos y arroyos. Quitamos la tierra para poner concreto y pavimento en vez de vegetación. Además, no faltan los "gurús ambientales" que nos señalan que plantar árboles no es la solución o que están enfermos y debemos sacarlos, para poner nuevos, encima unos juegos y banquetas y esperar a que crezcan los árboles; si es que los dejamos. O también los sacrificamos en beneficio de una obra pública. Todo ésto nos indica que estamos haciendo mal las cosas, a mi humilde opinión que se puede discutir con unas buenas "frías".






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Estudié filosofía en la UNIVA de Guadalajara y soy el cronista de Santa Catarina, Nuevo León

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Soy un trota sueños y buscador de símbolos y signos. Nací en Santa Catarina, N.L. en 1965. Fui becario del Centro de Escritores de Nuevo León en 1993. Escribo, busco, leo, hablo cada miércoles en un programa de radio. En De Solares y Resolanas, quiero expresar, manifestar, escribir mis reflexiones, vivencias y apreciaciones sobre lo que veo, de donde vivo, me muevo y existo.